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lunes, 12 de diciembre de 2016

Bye bye

Improvisadores, vengo a clausurar el blog… porque sé que no os doy la calidad que debería y me satura.
Es broma, lo que sí vengo a clausurar es ¡el viaje a Londres!
Sábado 12 de noviembre de 2016
Ahora sí que sí, un día típicamente inglés, con su lluvia esa que parece que no, pero te mojas. Así que Elena y yo nos levantamos y para compensar el desayuno inglés del viernes nos hicimos un desayuno mediterráneo así con nuestras tostadas y galletas y embutido… todo muy delicioso. Y llega el momento de salir a la calle para ir a por el tren y encontrarnos con Anna, Paula y Laura. Ah... salir a la calle. Yo tengo la teoría de que aquellas personas que vivimos en ciudades donde no vemos la lluvia más que cuatro días al año tenemos un problema: no sabemos gastar los paraguas. No os riais, va en serio. En mi defensa diré que caía una buena buena, pero Elena iba seca y yo me empapé las piernas (a pesar de llevar el paraguas). Así que bueno, todo muy fresquito. Y llegamos a la cola del Museo de Historia Natural, porque ¿Dónde vas con la lluvia? Pues al museo más inmenso que he visto. Y la cola que había para entrar… pero ¡por fin las cinco juntas! Después de 10 meses, que se dice rápido.
El museo...empecé a tope, porque empezamos por la evolución de la humanidad y eso me encanta, pero fui perdiendo energía. Eso y que hay mil cositas y botones para tocas, rollo interactivo, pero parece ser que está mal visto no dejar primero a los niños. Ejem… Podríamos habernos pasado allí tres días seguidos, es inmenso. Y lo vimos en una mañana muy por encima, como así una lectura rápida.
Y tocaba comer, porque no habíamos almorzado y eso no está bien. Así que nos fuimos aprovechando que había dejado de llover para llegar a un Nandos. ¿Habéis estado? Deberíais, pero ojo con la salsa que pedís que les gusta el picante. Como ejemplo: el brownie llevaba chili. No digáis que no os he avisado. Estando en Nandos vino a tomar el café Maria “la griega” que para los que no la conozcáis es una alumna que tuvo mi madre de erasmus y con la que quedamos varias veces mi hermana y yo. Y es encantadora y un amor y vino hasta allí solo para tomarse un café conmigo. Si es que se hace querer.
De allí subimos a un autobús de estos tan ingleses de dos pisos (pero no el autobús noctambulo. Momento friki) y nos fuimos a ver si la Reina nos invitaba a merendar, pero no se dio el caso. Tendríamos que haber llamado insistentemente al timbre, igual así… de nos fuimos dando una vuelta hasta el Parlamento y el Big Ben para hacernos fotos las cinco juntas y hacer tiempo antes de irnos todas a casa de Elena. Y entonces montarnos la cena de cumpleaños de Elena y Anna porque, a todo esto, era la excusa para ir de viaje. Así que allí estuvimos nosotras, la comida, el vino, el dulce y vamos, una noche de pijamas completa. Sobre todo, porque estábamos todas nosotras.
Domingo 13 de noviembre del 2016
El domingo fue un día light, pero no por ello no la lie. Después de hacer el vago, dimos una vuelta por el barrio de Elena y después Anna, Laura, Paula y yo nos fuimos hasta la estación de Victoria. Y yo estaba encaprichada que no me iba sin tomarme una pinta, porque ¿Qué viaje es ese? Así que comimos las cuatro nuestra hamburguesa con su correspondiente pinta. Pero atentos ahora, porque ni yo sé qué pasó con los trenes ni como la lie tanto (la pinta no tuvo nada que ver). Había un tres que iba directito y costaba 8 libras. Pero no estaba en la pantalla para comprarlo, así que compré otro hasta Gatwich por 15 libras, mientras llegue… cruzo la barrera y la chica me para, que no puedo subir porque ya se va el tren. Y luego me dice: ¡pero corre! Y luego: no, ya no. Señora, no quiere usted verme enfadada. A todo esto, yo llevaba mi mochila/maleta y mi bolso, para que me imaginéis mejor. Así que miro otra pantalla y había otro que iba a Gatwich, ¡arriba! Me subo al tren, me aposento y se va llenando. Gente con maletas en los pasillos y todo. Entonces por megafonía “tren exprés a Gatwick”. Perdóname, ¿Qué? Vale, no es mi tren. Bueno, no puedo ir en ese tren, porque ese cuesta un dineral que no he pagado. Así que me levanto y me dirijo a la izquierda y me corta el paso un chino. Fue tal que así:
Él: ¿Exit?
Yo: yes, please.
Y se gira, ve que detrás de él no hay nadie y me señala al otro lado. Así que por no discutir ahí me veis a mi saltando obstáculos y sorteando personas al ritmo de “sorry, sorry, thanks, thanks, sorry” en el pasillo y saliendo por la puerta al tiempo que pitaba la señal de que cerraban las puertas. Vamos, que discreta no fui. Y allí me encontraba yo, desesperada porque no entiendo porque no está mejor organizado el sistema de ferrocarril. Tienen el ferrocarril más antiguo, pero no el mejor organizado. Así que me acerqué a un trabajador de allí y le dije: quiero ir a Gatwick con este billete, estaba en el exprés y me he bajado porque no era el mío (ahí en plan: para que veas que soy honrada. Que visto ahora me quedó un poco como al gitano honrado de la estación de RENFE), ¿me puedes ayudar? Y me acompañó hasta otro tren y me dice: este te lleva a Gatwick, pero son 10 paradas. Y yo: ¿pero me vale ese billete? Pues perfecto. Así que allí me senté y vi media Inglaterra desde el tren.
El resto ya es fácil, pasar el control de seguridad sin problemas, llegar hasta la puerta de embarque y no morir de un ataque de pánico. Cosas simples, del día a día. Y luego la volví a liar con los asientos en el avión, porque así soy yo. Pero no fue culpa mía del todo. Dejad que me explique. Yo estaba sentada en el pasillo en la fila 20, que es en donde más ruido hacen los motores, pero mira, me resigno. Entonces en la fila 21 se sientan dos señoras que le preguntan al hombre que iba a su lado que si le cambia el sitio por su amiga que está en la fila 7. Problema: la señora de la 7 estaba en el centro y el señor de la 21 quería pasillo porque era alto de narices. Así que yo, como buena samaritana, me giré rauda y veloz y les dije: yo también viajo sola, no me importa cambiarme. Así que el señor a mi asiento en el pasillo, las tres amigas juntas y yo en la fila 7 como una reina.
Y con esto voy a dar por concluido un viaje que acabó con mi aterrizaje en alicante media hora antes (sí, como leéis), cenando en una estación de servicio un bocadillo que hizo mi padre que era gloria y durmiendo el resto del camino hasta llegar a mi casa. Vamos, una gozada de vuelta a casa.
Y con esto y un bizcocho… hasta cuando vuelva de Noruega. ¡Sorpresa! Ahora mismo estoy en Noruega con mi hermana pasando unos días, así que no os vayáis muy lejos que volveré por el blog más pronto que tarde.

¡Sed felices!

domingo, 11 de diciembre de 2016

Londres es enorme y lo pateamos de punta a punta

Improvisadores, ¿Qué os pareció el primer día por tierras inglesas? Muy completito, ¿verdad? Pues agarraos que aún queda más.
Viernes 11 de noviembre de 2016
No os creáis que fue fácil levantarse de la cama, los nórdicos son peligrosos… puedes generar síndrome de Estocolmo. Pero lo conseguí, nos levantamos de la cama y nos vestimos para el maravilloso día de sol. Sí, como lo leéis, SOL. Nos fuimos a una cafetería / bar que conoce Elena a meternos entre pecho y espalda un señor desayuno inglés. Como experiencia no está mal… pero quizá tal golpe al estómago de buena mañana no es recomendable a no ser que estés muy muy acostumbrado. Menos mal que hasta las cuatro no comimos.
Cogimos el tren, esta vez sin perdernos, y os fuimos a Kings Cross porque quería ir a ver el andén 9 ¾ de Harry Potter. Así, tal cual. Pero no me hice la foto porque había muchísima cola, habrá que volver. Pero ay, una cosa que puedo tachar de la lista. De allí nos fuimos andandito hasta Candem, un barrio que está a reventar de tiendas, algunas un poco raras. Pero también tienen sitios donde comer (obviamente ni se nos ocurrió, aun no habíamos digerido el desayuno) y allí en un puestecito compré pendientes porque se podían comprar sueltos y no el par entero, y aquí la que escribe tiene 5 pendientes, así que le gusta la variedad. Volviendo a Candem era inevitable que saliese el tema de Amy Winehouse y la de camisetas con su cara, acordaos de esto.
De Candem nos fuimos andandido otra vez hasta el British Museum. Estaba Londres llenito hasta la bandera de escoceses. No es que les preguntase, es que iban con el Kilt puesto. Pero lleno. Creo que coincidía un partido Inglaterra – Escocia con la conmemoración que hacen allí a los veteranos, y así aprendes que el Kilt combina tanto con el uniforme militar como con la camiseta de futbol. Una prenda muy práctica oye. Me desvío… ¿por dónde iba? ¡Ah sí!, el British Museum. Obviamente cuando llegamos al museo ya ni nos sentíamos los pies (buscad en google maps las distancias anda), así que antes de entrar nos metimos en el Starbucks enfrente del museo, aunque fuese para que los pies no tocasen el suelo y poder sentarnos cinco minutitos. Y luego entramos al British Museum.
¿Por dónde empiezo con él? Lo vimos rápido, tanto que no creo que viésemos ni la mitad de las cosas que podíamos ver. Pero es genial. Impresionante. Y GRATIS. A ver si aprendemos en este país, la gente sí va a los museos igual que va al cine en la fiesta del cine. Nos gusta la cultura, no nos gusta sacarnos un riñón en la taquilla para ver esa cultura. Me he vuelto a desviar del tema, lo siento. Si vais a Londres tenéis que ir al British Museum. El Museo de Historia Natural es impresionante, no lo voy a negar, pero personalmente a mí por mis gustos o por deformación profesional me encantó el British Museum. Otro sitio al que volver con tranquilidad la próxima vez que vaya por Londres.
Salimos del British Museum y nos fuimos andandito (nos gusta andar, ¿vale?) hasta la catedral de Saint Paul. No entramos porque aquí sí hay que pagar, aunque es una lástima porque hasta donde pudimos entrar parecía preciosa (dios, tengo que volver a todos los sitios a los que ya he ido), pero simplemente por fuera vale la pena verla. También es verdad que no entramos porque si entrabamos era para estar un buen rato, y se acercaba la hora de ir a recoger a Anna que estaba trabajando. Ver Londres en dos ratitos no es posible si te paras a verlo todo, fue un resumen de Londres porque yo no había ido nunca y el resto sí.
De allí nos fuimos a por Anna y a comer, que ya eran las cuatro y después de tanto pasear no os digo yo donde estaba ya el desayuno inglés. Lo único malo es que entramos a las 15.30 al restaurante siendo de día y salimos después de comer y parecía que eran las once de la noche. ¿Dónde se ha ido el sol? Así que de allí fuimos al metro, pero no sabéis el horror que es el metro de Londres. Muy bien que pasa cada 2 minutos y todo muy eficaz. Pero no sabéis la de gente que va dentro, ¿o debería decir sardinas? Dejamos pasar lo menos tres metros porque físicamente no cabíamos. Tendríamos que haber fusionado nuestros cuerpos con los cuerpos que ya estaban apretados ahí dentro para poder entrar. Una locura. A mí que en Valencia por no ir agobiada en el metro voy andandito o en autobús, que no me gusta estar espachurrada entre la gente si no hay una mascletà o un castillo de fuegos artificiales de por medio. Vuelvo a encauzar esto: subimos al metro y nos fuimos al centro comercial más grande de Europa. Acabo de decir mi pasión por las multitudes, ¿no? Pues toma dos tazas. Y, por cierto, ya es Navidad en Londres. Llevan otro calendario diferente al nuestro y eso. Ese sitio es enorme. Yo creo que como si juntases todos los centros comerciales de Valencia, y puede que aun te falte algo. Inmenso. Monumental. Colosal. Vamos, que es muy grande. Dimos una vuelta por allí, escudriñamos (según mi padre y la RAE es así) las tiendas que nos vinieron en gana y cuando nos cansamos (y Elena y Anna disfrutaron de las muestras de prezel gratis) nos fuimos al metro para volver a casa.
Como fuimos bastante justas de tiempo cuando bajamos del tren como para pasar por el súper, entramos corriendo (casi literalmente) a por dos pizzas al tesco exprés y corriendo a la parada del autobús antes de que pasase. Por fin en casa. Qué gustito da quitarse los zapatos después de aplanar las calles de medio Londres, ¿eh? Y encima hay pizza y vino, si es que no me puedo quejar de mi anfitriona. Y antes de dormir, Elena me puso el documental de Amy Winehouse. Y digo me puso porque ella se durmió al principio y se despertó para el trágico desenlace).
Dos días en Londres y seguimos contando.

¡Sed Felices!

sábado, 10 de diciembre de 2016

Llegar a Londres no es fácil.

Improvisadores, llevo un tiempo de no parar, así que os estaréis preguntando dónde está la entrada sobre el viaje a Londres que hice con las Señoras. Pues tranquilos, ya llegó. Justo para conmemorar el mes aniversario de tan fantástica quedada. Como algunos sabréis y otros no, estamos repartidas por el mundo al más puro estilo “Tu a Londres y yo a California”. Pero nosotras estamos dos en Londres, dos en Barcelona y yo guardando el fuerte en la terreta, en Valencia. Anna y Elena cumplen años en noviembre las dos, y como las dos están en Londres… ¿qué mejor excusa para ir? Así que mochila al hombro y allá que vamos.
Jueves 10 de noviembre del 2016
Suena el despertador a las 7 de la mañana, porque no me gustaba el horario del aeropuerto de Valencia y me toca ir a Alicante. Desayunó con mi madre y Nur y a las 7.45 salimos de casa. Gracias por llevarme en coche hasta allí. Pero ojo, que tardamos como mil años (año arriba, año abajo) en salir de Valencia, porque a esas horas… vosotros diréis.
Mi avión salía a las 10.45 y a las 10 aparcábamos en el aeropuerto. Y a mí con lo que me gusta volar, tranquila no estaba. Entramos y mínimo 10 minutos de cola en el control de seguridad. Pero… pero... ¡¿Por qué?! Paso el control sin ningún problema (por primera vez en la historia) y cruzo cual alma que lleva el diablo el Dutyfree. Salgo y estoy al principio de las puertas de embarque C, y yo tenía que llegar a la B33. A caminar se ha dicho. Y entonces se oye por megafonía “Ultima llamada para los pasajeros del vuelo ryanair Stansted, Londres, con salida a las 10.45”. Piernas para qué os quiero. Corría con tanta prisa que se me cayó la bufanda y no me di cuenta de que un pobre hombre inglés me perseguía con ella en la mano hasta que otro me paró para decírmelo. Gracias buen gentleman.
Bueno, los que me conocéis sabéis que odio volar. Es superior a mí. Pero me gusta viajas, así de contradictoria soy. Normalmente me tomo algo para tranquilizarme antes de pasar el control de seguridad, pero esta vez no. No me preguntéis, serían las prisas. El caso es que en el túnel para embarcar ya empezaron a temblarme las manos, se me aceleró el pulso y quería llorar. Es irracional, lo sé, no me juzguéis, no puedo evitarlo. Llega al punto de que mi cabeza piensa: date la vuelta y vuelve a casa, no tienes que subir ahí. Y ahí estaba yo, pensando “Pon buena cara”, porque si a mí no me habla nadie, yo subo al avión aguantándome el corazón, me siento, amarro bien el cinturón, respiro hondo y tarde o temprano vuelvo a aterrizar. Pero aparentemente no voy para actriz porque fue entrar en el avión y la azafata me dijo “¿estás bien?”. Y claro… si es tan obvio y me toca abrir la boca, pues no. Así que le dije que no y que estaba acojonada perdida (pero todo en inglés y más formal) y la mujer me dice, vale vamos a ver (sí, toma marrón pobre mujer) y detrás de ella un azafato sacado de un catálogo que me dice “me puedo sentar contigo si quieres” y yo ahí que ya no podía ni controlar las lágrimas esas de pánico que no se pueden disimular, me reí. Pensaba que estaba de broma. Y me dice “no, en serio, puedo”. Y os juro que dije que no porque era montar más espectáculo del que ya estaba montando. Pero la azafata lo mandó conmigo. Problema: madre e hijo en mi fila (de hecho, en mi asiento) y claro, no vas a mover a todo el avión para encontrar sitio. Le dije que estaba bien y que no se preocupase. Y se fue, pero volvió durante el vuelo a ver cómo estaba, lo prometido es deuda.
La madre y el niño, los acompañantes perfectos. Ella hasta me dio la mano al despegar y al aterrizar y yo no se lo pedí. Y al aterrizar me dijo dónde ir y todo. Solo sé que su hijo se llama Taylor, así que si lo lee alguna vez: MUCHAS GRACIAS. El vuelo por otra parte… se me hizo eterno. Y eso que me puse música y todo, pero me aburría de todas y cada una de mis canciones.
Aterricé en Stansted a las 12.30 y me fui pitando (previo paso por el control de pasaportes, otra vez sin problemas) a por el autobús a Victoria. Obviamente no lo encontré a la primera, porque no sería yo. Salí a la calle, no hay autobús; pregunto a unas azafatas que estaban fumando fuera, al piso de abajo; bajo, no hay autobús, hay tren (¿pero qué…?); pregunto a la empleada del tren, es arriba, entre la calle y esta planta; cagoendiez. Por fin me siento en el autobús y una chica se sienta en el asiento de delante y tira su asiento hacia atrás, debo ser invisible. Como tenía 1.45h de viaje aproveché para comer (gracias mamá por ese bocata) y medio dormirme. Una vez en Victoria, me encontré con Elena y Anna (que lo nuestro nos costó también, no os creáis…) y pusimos rumbo a la visita exprés de Londres. Cuatro horas después habíamos visto el Big Ben, Parlamento, London Eye, Websminster, Oxford, Picadilly, China Town y aun nos dio tiempo a pasar por Tesco a pos palomitas de tofe (¿Quién tuvo esa gran idea?) y por las tiendas en Oxford. Solo deciros que esa tarde hicimos 10km.
Sobre las 19 – 19.30 Elena y yo estábamos en la estación de Victoria para irnos a su casa… y la liamos con los trenes. Por un cambio inesperado de andén nos equivocamos de tren y acabamos en uno viejo que no parecía parar. Acabamos bajando en una parada que Elena conocía, total solo tardamos una hora en hacerlo que cuesta 15 minutos.
Pasamos por el súper y de camino a su casa fui viendo lo cuqui que es su barrio. Más tranquilo que Londres y con casitas muy de película. En su casa conocí a sus compañeros de piso y después de mucha cena y otro tanto vino, nos fuimos a la cama. Más que merecido. ¿No creéis?
De momento aquí dejo las anécdotas, pero tengo 3 días más para ilustraros. Así que no os vayáis muy lejos.
¡Sed felices!

miércoles, 7 de octubre de 2015

Tú a Londres, yo a Valencia y nos vemos en Barcelona.

Improvisadores, ¡he vuelto! Cuántas veces habré empezado diciendo eso… en fin, que ya estoy en Valencia, ya no me queda más remedio que quedarme aquí hasta que pueda volver a irme. ¿Próximos destinos? A saber, Nules, Barcelona, Londres… soy así de variada.

Pero vengo a contaros mi última semana de vacaciones que fue, como el año pasado, el primer finde de octubre. Porque no hay mejor temporada que la baja para irse de vacaciones. Y más cuando esas vacaciones van con alojamiento gratuito. Sí señores, me he ido a Barcelona. Como todos sabéis ya (o deberíais, a ver si leemos más) Paula está viviendo allí. Y es mi deber como amiga ir a acoplarme a su casa con la excusa de ver como está. Así que Elena y yo hicimos un tú a Londres y yo a Valencia pero al contrario, es decir, nos juntamos en Barcelona.

No sé si lo  sabéis, pero soy bastante maniática con eso de llegar pronto. Pero esta vez me pasé tres pueblos. El tren salía a las 14:50 de Valencia y a las 13:45 ya estaba en la estación. En mi defensa diré que la madre de Paula me llevó en coche porque me cargó una nevera llena de cosas para Paula y no podía llevarme más tarde. Allí en la estación me encontré con mi profesora de historia del arte del máster. Casualidades de la vida. Y entablé conversación con una pareja de señores mayores muy curiosos. Los que no me conozcáis no sabréis que tengo una habilidad especial para establecer conversación y pasar al nivel “como si te conociera de toda la vida” con bastante facilidad. Preguntad a mis amigos. Así que todo empezó porque los señores estaban mirando la cinta de seguridad y diciendo que si pasaría o si pitaría. Y les dije que no había arco detector, sólo cinta. Y ahí empezó todo. Que si resulta que el señor lleva una navaja en el bolsillo y que pensaba que pitaría, pero que no me asuste porque lleva una navaja (señor, mi padre es de Albacete, no me asustaré por eso. De hecho, tengo yo una navaja/tenedor/cuchara la mar de cuca desde hace mucho tiempo), que si mírame niña que coche llevo porque no lo veo bien. Y en eso que estaba por allí un policía nacional con todo su equipamiento y se me ocurre decirle: no se preocupe por su navaja que él le gana. Y la lie. La lie lo más grande. Porque empezaron a hablar de si seguridad y terrorismo y que si un jamón con chorreras y yo decidí abandonar tan fascinante conversación. Y luego la señora dijo que ella no quería ir a Barcelona antes de las elecciones por si no la dejaban salir. Y el señor le dijo que igual lo que no le dejaban era entrar. Fascinantes los señores de Cuenca.

Y por fin llegó el momento de embarcar, y subí hablando con mi profesora hasta que cada mochuelo se fue a su vagón. Y me senté al lado de una chica que estaba de prácticas en una editorial. Y detrás de un grupo de gente que criticaba creo que todas y cada una de las carreras que habían estudiado. Menos mal que mi acompañante era simpática. Ya lo dijo ella, que en los trenes te puede tocar gente muy rara. No fue el caso (espero). Pero además le dije: ponte la música si quieres. Y me contestó: no, si prefiero hablar. PREFIERO HABLAR. Me lo dice a mí. No sabe lo que ha hecho. Y nos pasamos las tres horas de viaje más la hora de retraso por la tormenta de Tarragona hablando. ¿No querías sal? Pues toma dos tazas.

Por fin llegamos a Barcelona y Paula y Elena estaban esperándome en la estación y se rieron cuando me vieron salir con la chica “como si la conociera de toda la vida”. ¡Pero si ya me conocéis! Cuando quisimos llegar a casa de Paula serian ya las 8, así que tardamos poco en captar a Joan (el compañero de piso de Paula) para irnos a cenar a Els Miralls (si no recuerdo mal). No hay nada más difícil que elegir cena cuando tienes mucha hambre y todo tiene una pinta genial, por eso Elena y yo acabamos compartiendo hamburguesas.

El miércoles por la mañana, Paula y Joan tenían que trabajar, así que Elena y yo nos fuimos a desayunar a “El Patrón”, os lo recomiendo, pasamos allí dos horas la mar de bien en la terraza cubierta viendo llover y poniéndonos al día. Y luego nos fuimos al Corte Ingles, a Zara, a Mango, etc. Es decir, que como Barcelona ya la hemos visto mil veces optamos por hacer otras cosas. Volvimos a casa, porque hacia día de comer en casa, peli y sofá. Pedimos comida china, pusimos “Mar de Plástico” y nos acomodamos en el sofá para ver “Los Chicos del Coro” hasta que Elena se vistió y se fue. Si bien en otras visitas era yo la que tenía compromisos sociales, esta vez fue Elena. Así que ella se fue a las 5 y allí me quedé, sola en casa. Agobiadísima, no sé si me entendéis. Hasta que a las 6 llegó Edgar para preparar la sorpresa para el cumple de Javi (el otro compañero de piso) y Joan. Al rato llamó Paula, que no llegaba a casa y que nos veíamos en el autobús. Joan y yo fuimos a su encuentro y antes de subir al autobús vimos a Jordi Evole. De lejos, pero cuenta. Nos fuimos los tres al teatro a ver “Aneboda” una obra fascinante que transcurre en lo que tardan tres amigos en montar un armario de Ikea. Con sus reflexiones, sus chorradas y demás. Vamos, que nosotras tuvimos un deja vu de impresión. Y nos reímos, sobretodo nos reímos. Después nos fuimos los tres a cenar a “La rosa negra” que es la hermana melliza de “la rosa del rabal” donde fuimos el año pasado a acabar con las existencias de mojito. Y vuelta para casa, es lo que tiene que los demás trabajen.

El jueves nos despertamos pronto (no es que nos levantásemos tarde, pero los trabajadores nos despertaban sin querer) para ser vacaciones y una vez despedimos a los trabajadores, pusimos en marcha la máquina de pensar ¿Qué hacemos hoy? Así que nos fuimos a desayunar un bocadillo de jamón con tomate y un café, el desayuno de los campeones y pusimos rumbo a las ramblas. Andandito eh, nada de metro ni chorradas, que hay que hacer piernas. Que la operación bikini empieza ya. Total, llegamos a la Rambla, compramos un zumo en el mercado de la boqueria, compramos una planta para Paula, Elena arrasó Mac y volvimos a casa con la intención de comprar un pez para Paula. Porque Joan y Javi tienen uno cada uno y a la niña le daban envidia. Pero el señor de la tienda nos riñó porque decía que en la pecera que queríamos meterlo no podía ser. Y la pecera era de su tienda. De todas formas, alguien que tiene peces muertos en la tienda no da confianza. Así que nos fuimos de vuelta a casa, compramos algo de comer en mercadona y nos echamos la siesta del siglo. Hasta las 4 que llegó Javi y vio la sorpresa que había dejado Edgar, y a nosotras. Elena se fue a atender sus obligaciones y yo me quedé haciendo un brownie de chocolate y canela en lo que Joan y Paula volvían a casa. Acabé justo a tiempo para vestirme e irme al punto de encuentro con Joan y después reunirnos con Paula. Fuimos a un sitio así muy moderno, moderno en el sentido hípster de la palabra, no en el sentido de los supersónicos (si sois más jóvenes que yo igual no entendéis esta referencia a los dibujos animados). Paula y Joan se pidieron cada uno un té, pero el té y yo… el té se toma cuando estas malito, cuando te duele la tripa o cuando te dicen que ayuda a adelgazar. Pero así por ir a tomar algo… así que me pedí un café, me daba igual que fuesen las 7 de la tarde.

Volvimos a casa a tiempo para degustar el brownie y preparar la cena y pasar una noche de esas de peli y casa. Porque somos así de marchosos. O nos reservábamos para el viernes. El viernes. ¡Ay el viernes! ¿Qué puedo contaros del viernes? Pues todo, claro que sí. El viernes, Elena y yo nos fuimos de casa sin desayunar, cogimos el autobús, viajamos 13 paradas y bajamos. Entramos en una cafetería y desayunamos antes de entrar al outlet de El Corte Inglés. Y diréis: ir a Barcelona para eso… Pues sí. Y nos llevamos unos botines que son… una delicia. Que costaban 120€ y los tenían a 15€. No comprarlos hubiese sido un pecado. Una vez acabada la batida por el Corte Inglés nos fuimos rumbo a la parada de autobús para volver a casa. Pero cual fue nuestra sorpresa cuando encontramos una maravillosa tienda de peces. Ahí sí. Y adquirimos a un pez amarillo que posteriormente seria bautizado como Malena. Y viajamos con él 13 paradas de autobús. Y en lo que llegaba la comida india lo aclimatamos a su nuevo hábitat y lo vimos saludar a sus compañeros. Y por fin llegó la comida india. Finalmente llegaron los amos de la casa, procedieron a ducharse y nos maqueamos todos para ir a cenar.

Elegir un sitio donde cenar no es fácil, y menos cuando los que los conocen no se ponen muy de acuerdo y cuando por fin lo consiguen, está el sitio lleno. Pero acabamos en un sitio así con luz tenue, como muy íntimo, decoración en francés que te entretienes traduciendo mientras esperas a la comida (está bien pensado) y hamburguesas enormes. Y cerveza. Y chupitos. Y aire acondicionado, gracias a su inventor. Al salir de aquí nos fuimos a un local a tomar algo (y con algo quiero decir alcohol tanto en forma de cerveza, coctel o chupito) donde parecían haberse refugiado la mitad de los adolescentes de Barcelona. Os lo prometo que aquel grupito no tenía 18 años, lo sabré yo. De aquí nos fuimos a El Dorado (tanto buscar El Dorado los descubridores de América y está en la plaza del Sol de Barcelona). El Dorado, un sitio fascinante. Y con fascinante quiero decir que me encantó. Porque ya sabéis que me gusta la música de pachangueo, de hacer el tonto. ¡Pues es tal que así! Y pillamos al camarero generoso, tan generoso que aquello sabía más a alcohol que a fanta. Al final entre generosidades y no generosidades llegamos a casa a las 3 y pico.
El ascensor de la finca no es especialmente grande pero pone que caben 4 personas, aunque el portero se empeñe en que sólo suban tres. Y total, por una persona más de lo que pone el cartel, ¿qué podría pasar? Pues podría pasar lo que pasó, que cuando habíamos casi llegado a nuestro destino, el ascensor se paró y bajó hasta quedarse entre el sótano y la planta baja. Que no cunda el pánico, solo estamos en un ascensor pequeño donde hace mucho calor. ¿Sabéis que pasa cuando estas en un ascensor así? Que si la guardia civil te hace soplar al salir das 0,0 del susto. Aunque en realidad estuvimos contando chistes y jugando una vez avisado el técnico. Que menos mal que unas vecinas se iban al aeropuerto a aquellas horas, porque no sé quién le abriría la puerta del edificio al técnico. Así que allí estuvimos nuestros mínimo 20 minutos que tardó el técnico en llegar. Pero no os lo perdáis que luego Elena, Paula y yo subimos andando, pero Javi y Joan subieron por el ascensor. Con un par. Creo que mejor nos vamos a dormir que ya hemos cumplido con el viernes, menuda noche más completa.

El sábado por la mañana nos levantamos con menos energía que Elena que se levantó la primera para preparar su maleta y bajó a la panadería a por delicias matutinas para los demás. Menos Javi que estaba trabajando, alguien tiene que levantar el país. Total, que estuvimos muy tirados toda la mañana del sábado. Elena se fue y seguimos allí muy mustios. Bajamos a mercadona y a buscar fundas de cojines mientas Joan hacia unos macarrones al horno que casi estaban tan buenos como los de mi madre y mi abuela. Casi. Comimos y vimos/dormimos una película y media de las que echa Antena 3 los sábados por la tarde. Hasta que Joan dijo: ¿echamos un Catan? Y con la tontería echamos toda la tarde hasta la hora de cenar. Que como Javi y Joan no quisieron acompañarnos, Paula y yo nos fuimos mano a mano a cenar y a tomar algo. A una bodeguilla muy mona y muy riquísima y a un bar con mayoría de hombres y un futbolín. Y volvimos a casa a la 1 y no se nos ocurre otra cosa que ponernos a jugar al Catan con Javi y Joan hasta las 4. Porque es sábado y tal.

El domingo nos levantamos tarde y desayunamos aun más tarde. Parecía que no haríamos nada hasta que Paula dijo: vamos a sacar a Maria (sí, cual perrillo) y nos fuimos los cuatro al museo de historia de Cataluña. Desde los iberos hasta los cristianos pasando por todas las fases y fábricas de garum y preguntas de Javi. Preguntas que por más que quisiera, no sabía contestar. Una carrera y un máster para esto. El caso es que cuando salimos era ya la hora de comer y nos fuimos a comer a un sitio muy inglés. Tan inglés que Javi y Joan se metieron entre pecho y espalda un desayuno inglés y Paula y yo unos huevos Benedict. ¿Los habéis probado? Yo nunca. Pero están muy buenos, palabrita.

Después de comer nos fuimos a acompañar a Joan al laboratorio a que hiciese algo que no entiendo, después de despedirnos de Javi que se iba a su laboratorio. ¿Os he dicho que era domingo? Para que luego digan que nuestros cerebritos no trabajan. Después volamos a casa, recogí la maleta y puse rumbo a la estación con Paula. Llegué veinte minutos antes de abrir la puerta de embarque, justo para comprarme algo de cenar, porque llegaría a Valencia a las 23h. Me despedí de Paula que se iba a su laboratorio (ejem, ¿veis?) y me subí al tren. Tres horas después llegué a Valencia, después de hacer el autodefinido de la Cuore y ver tres capítulos de Las Reglas del Juego; además de charlar un rato (como no) con mi acompañante que se vio nada más y nada menos que dos películas. Además mandé a mi madre a esperarme a la estación que no era. Porque así soy yo.

Y eso es todo queridos amigos. Nada más que contar, porque no creo que os interesen mucho las oposiciones, ni mi curro de canguro, ni el de profe de inglés, ni nada de mi vida seria, ¿verdad? La vida seria aburre porque todos tenemos una. Más vale que siga buscando cosas que contaros.

¡Sed felices!