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domingo, 20 de diciembre de 2020

Rememorando: escapada a París

Improvisadores,

Hoy traigo un fin de semana de escapada increíble… de hace un año. Sí, se que es una barbaridad. Pero hace un año tenía el blog aparcado por falta de tiempo y por falta de ganas, ideas, creatividad… llamadlo como queráis. Pero Instagram me recordó que justo hace un año estaba en Paris el 14 de diciembre de 2019 y he pensado, ¿Por qué no contárselo? Así no os martirizo una semana más con el repaso de las entradas antiguas en el blog.

Antes que nada, contexto. La idea origina era irme con mi hermana y unos amigos a Disney de jueves a domingo. Emocionadísima que estaba yo, que no voy a Disney desde hace a saber cuantos siglos. Total, que nos íbamos el 12 de diciembre. Cual es mi sorpresa cuando un mes antes me adjudican una sustitución en un instituto hasta el 19 de diciembre. Obviamente tengo que aceptarla, así que… adiós, Disney. Y aquí, no se qué pasó, pero se alinearon los planetas y me volví loca yo, pero también mi madre. Que un día de broma le digo: nada, cambio el billete, compramos dos mas y de fin de semana en París. Y mi madre dijo que sí. Y allá que nos fuimos.

Viernes 13 a las 8 de la mañana yo llegando a trabajar y mis padres llegando a París en avión. Mi hermana en Disney desde el jueves, por si alguien se lo pregunta. Total, mientras mis padres se pegaban un viernes de lujo de pasear por Paris y comiendo de vicio, yo estaba en el instituto dando las clases que me tocaban. Ya veis porque a mi madre le gustó el plan. A las 14h acabé y salí volando al coche. Porque a todo esto yo estaba trabajando a 40min de mi casa (si no hay tráfico). Total, llego a mi casa, cojo la maleta y volando al metro. Comí en el aeropuerto porque no me fiaba de mi misma… si como en casa pierdo el vuelo seguro. Pero esperad, que encima el vuelo de mis padres había sido directo, pero el mío hacia escala en Barcelona. Llegaba yo a París a las 22h. Un frío. Una lluvia. Pero es París, no puedo quejarme. Mis padres me esperaban en el aeropuerto porque, al parecer, ellos habían vivido su propia odisea por la mañana porque con la huelga de los chalecos amarillos el metro tenia algunas paradas cerradas. Así que pensaron venir a por mi y en taxi al hotel. Estábamos en el hotel Le Clement que así visto no parece gran cosa, pero yo volvería a ir. Limpio, atentos, buena localización… Cenamos en la habitación quiche que habían comprado mis padres y yo… morí. Porque menudo día más completo.

Pero ojo, para día completo el sábado. ¿Qué quieres hacer? Me da igual, si París ya lo conozco… pues de momento a desayunar. Habría seguramente cafeterías muchísimo mejores, pero acabamos desayunando en La Croissanterie que creo que es una cadena. Pero mirad, a mi me encantó. Si por algo los croissants son franceses, qué buenos estaban. Acabado el desayuno decidí que quería ir a Montmartre, uno de mis sitios favoritos. Pero andando. Porque París es pequeñita para andarla entera, lo sé. Pero con el lio del metro mis padres no se fiaban. Así que… París arriba. Pasamos por el Louvre, jardín de las Tullerias… todo Paris lleno de mercados de Navidad, con puestos de comida típica, recuerdos, más Navidad… Precioso, la verdad. Pero qué lejos esta Montmartre. Llegando al Moulin Rouge tuve que entrar a una farmacia a por tiritas porque yo no venía preparada para caminarme Paris entero. Pero ah, ¿cómo se dicen tiritas en francés? Porque eso no os lo he contado, mis padres se pasaron el viernes entero en Paris sin problemas, fue aterrizar yo y ya era todo “Habla tú que hablas francés”.


Nos faltaba la cuesta final cuando paramos a tomar un chocolate caliente porque no se si os he dicho ya que hacía mucho frío. Qué bueno el chocolate aquel. No se si yo estaba decida a que me gustase todo esas 24h y poco que iba a estar en París o qué, pero lo disfruté todo. Por fin llegamos arriba. A la plaza de los artistas y entonces… empieza a llover. Como os lo cuento. Todos recogiendo, tapándolo todo. Que suerte tenemos eh. Pero no pasa nada, como con tanto paseo y pararse a hacer fotos y ver cosas fuimos lentos, era la hora de comer. Así que dijimos de comer por allí. Y encontramos un restaurante con un menú a 17€ creo que era, bastante barato comparando con la competencia. Y estaba lleno de gente y no eran turistas, así que decidimos probar. No había sitio en el restaurante así que nos metieron en el salón atrás donde había una comida de un viaje del IMSERSO francés, como quiera llamarse. Pero oye, ¿qué podría pasar? Nada, ¿verdad? Conseguí con el camarero y pedir asegurándonos de qué platos llevaban champiñones y qué platos no (por no matar a mi padre) y de verdad que estaba todo increíblemente bueno. ¿Volvería a comer allí? Volvería a París solo para comer allí.

Pero… ¿a que no os he dicho el nombre del restaurante? Bien, es porque os hubiese chafado lo mejor de la historia. No nos dimos cuenta de que ponía “Chez Ma cousine” (Casa de mi prima). Yo estoy un poco atontada en la vida y sé que lo que yo leí no tenía ningún sentido, pero lo se ahora, porque en mi cabeza leí “Chez Ma Cuisine” (Casa de mi cocina). Además, doble delito porque en valenciano prima se dice cosina, que es prácticamente igual. Pero además ponía “Chez Ma Cousine” y en pequeño debajo “Restaurant – cabaret”. Sí, tal cual. Como lo leéis. Ya decía yo que el salón con un escenario pequeño y cortinas rojas de terciopelo era raro, pero yo que se, es Francia. Y así es como acabamos mis padres y yo viendo un espectáculo en un restaurante cabaret rodeados de la tercera edad francesa. Pero no fue un cabaret al uso, esta vez era un showman – musico – monologuista que entretenía a la juventud con chistes verdes y cada cual más verde que el anterior. Y allí estaba yo… traduciéndoselo a mis padres para que no se quedasen excluidos.

Después de esta experiencia surrealista, pusimos rumbo hacia Notre-Dame porque habíamos reservado un free tour nocturno de leyendas y misterios, porque París ya la conocíamos. De camino hacia el tour pasamos por la Rue Montorgueil. Os prometo que es la mejor calle de París. Está llena de cafés, pero también de tiendas y además la gente que esta comprando no son turistas. De hecho, nosotros la encontramos de casualidad. Me la he guardado en Google maps como “La mejor calle de París” para poder volver. Aquí compramos quesos, patés y foie que no hace falta que os explique lo estupendos que estaban. Por fin llegamos a la zona de Notre-Dame. La verdad es que habiendo estado allí antes de que se quemase y verlo ahora, se te parte un poco el corazón. Esta rodeada de vallas y no puedes acercarte, lo que sí han puesto es una explicación en las vallas de como se esta haciendo la restauración. Pero viéndola así, de noche ya, da mucha lástima. Esta apagada y con ella todos los restaurantes y creperías de la zona que solían estar llenísimos. Entramos en la Crêperie du Cloître a merendar y estábamos solos. Cuando yo recuerdo aquella zona a reventar. Por cierto… la crepe increíble. Si no hay decepción en ningún restaurante de París.

Por fin nos reunimos y empezó el freetour de leyendas y misterios. Os lo recomiendo porque es un tour increíble y las guías no pueden hacerlo mejor. Empieza en la Sorbona y acaba en el ayuntamiento de Paris. Además, por aquellas fechas estaba toda la plaza decorada de Navidad y estaba preciosa. El tour te cuenta historias que te cambian la visión del mercado de las flores o de Luis XVI (si es que tenéis una visión de Luis XVI). Acabamos el tour en la plaza del ayuntamiento y mi madre quería subirse al tiovivo, así que allá que fuimos. 

Al lado del ayuntamiento esta la placa que puso el ayuntamiento a los republicanos españoles de “La Nueve”, héroes de la liberación de París. Y no, no tienen monumento en España hoy en día que yo sepa.

"Jardines de los Combatientes de la Nueve. 
A los Republicanos antifascistas españoles que continuaron su lucha participando en la2ª DB. Héroes de la Liberación de París."
 

Llevábamos todo el día queriendo probar la Tartifflete que habíamos visto en el mercado de Navidad, pero estaba lejísimos de donde estábamos y en dirección contraria al hotel. Así que nos fuimos hacia el hotel. Y nos perdimos. Nos perdimos pero bien. Acabamos cenando en L'Annexe de la Petite Périgourdine. Yo me pedí una hamburguesa que estaba buena, mi madre no me dejó explicarle lo que le estaba diciendo el camarero y se comió un bocadillo de jamón y queso con mantequilla. Ella quería un sándwich mixto, pero no me dejó pedirlo y… bocadillo de jamón y queso. Mi padre creo que un steak tartar, que le tenia ganas. La verdad es que cenamos muy bien, pero estábamos tan cansados que ni lo apreciamos. Que no estaba lejos del ayuntamiento, unos 15 minutos andando si sabes donde vas, pero si estas perdido como nosotros… más. Y de aquí al hotel otros 15. Pero de verdad que no podíamos más con la vida. Llevábamos todo el día París arriba París abajo. Hicimos 25.000 pasos y no os miento.

Domingo por la mañana de… de nada porque toca volver a casa. Si os he dicho que fue un viaje exprés. Recogemos todo, pedimos un taxi y desayunamos en el hotel. La verdad que el desayuno es un buffet pequeñito y simple, pero estaba muy bueno. Hasta tenían para hacer huevos cocidos. Llegó el taxi y nos fuimos hacia el aeropuerto. Tengo que decir que este taxista bastante más simpático que el del viernes. Estuvo hablándonos de todo lo que podáis imaginaros. Chalecos amarillos, edades de jubilación, pensiones, enfermeros, bomberos, policías, que él era profesor de francés en Túnez… de todo. Y por fin llegamos al aeropuerto. Los que me seguís de hace tiempo sabéis que a mi siempre me pasa algo en los aeropuertos. Entre eso y que odio volar…

Estamos esperando a mi padre con las maletas y empiezan a llamar por megafonía al propietario de una bolsa negra, que acuda a tal sitio. Y lo llaman otra vez. Y una tercera vez. Y entonces me doy cuenta de que la bolsa está a 2 metros de nosotras. A su vez, a 3 metros de la bolsa un empleado de seguridad que no le quita el ojo de encima. Cogí a mi madre y nos fuimos hacia seguridad y mi padre nos alcanzó ya de camino. No tenia porque ser nada, pero a mi me pasa de todo siempre y no me la voy a jugar. Pero por evitar un lío, otro. Llegamos a seguridad, pasa mi maleta sin problemas y cuando voy a pasar… paran a mi madre. El de seguridad super borde diciéndome que venga, que pasase por el arco. Y le digo que si me deja quedarme con mi madre que no habla francés y la han parado. Que mal le sentó. ¿Por qué han parado a mi madre? Por el queso, el paté y el foie. Os prometo que había un señor de seguridad buscando queso. La señora de delante llevaba como 3kg de queso y el de seguridad olio todos los paquetes. Sí, los olisqueó como si fuese él el perro. Le dan el visto bueno a mi madre y pasamos las dos sin problemas. Recojo mi maleta y paran la de mi madre. Resulta que hay poca comunicación en el control de seguridad. Y lo llevábamos envuelto en papel albal y resultó sospechoso. Y voy a explicarle al señor otra vez lo que es y mi madre por lo bajini “si me lo van a quitar me lo como todo aquí eh”. Di que sí. Le expliqué al señor lo que era, abrí los paquetes, que hasta le dije el tipo de paté por si había dudas. Me veía yo ya sentadas en seguridad pegándonos una panzada de patés y quesos. Pero no, conseguimos llegar a casa sanos y salvos y con las compras intactas.

La verdad que escribir esto en diciembre de 2020 se me hace raro. Como si fuese otra vida completamente diferente y hace solo un año. Fue el último viaje al extranjero que he hecho y me alegro de que fuera con mis padres. Mi madre durante el confinamiento lo ha recordado mucho. Para los que no lo sabéis, mis padres y mi hermana son los tres enfermeros, así que tener un recuerdo bonito reciente ayuda mucho. Para su cumpleaños incluso le hice una quiche y mi padre y yo hicimos una tarta tatin que no sé si se parecía mucho a la que se comió en aquel viaje a París, pero la intención es lo que cuenta. Espero que pronto podamos volver a viajar, a visitar a la familia. Este 2020 tampoco hemos podido reunirnos con la familia de Francia, ni con la de aquí. Espero que pronto podamos empezar las entradas con “vengo a contaros mi último viaje” y no tener que tirar de archivo.

Pero para todo esto, de momento cabeza y paciencia. Cuidaos.

¡Sed felices!

jueves, 28 de agosto de 2014

Del calor de Valencia al frío de Andorra y media vuelta

Improvisadores, hace unas semanas que volví de mi semana de vacaciones en Andorra. ¿Sabéis que? Que echo de menos el fresco andorrano. Pero bueno, ese no es el tema… más o menos.
El lunes 4 después de pasar por mercadona a aprovisionarnos de almuerzo, comida y café, pusimos rumbo a Pas de la Casa. Con tranquilidad, parando varias veces y disfrutando del paisaje. Pasamos por Sant Climent que, para algunos no os dirá nada, pero para Paula y Elena quizá les recuerde el momento en el que íbamos buscando los pueblos para mi trabajo final de máster y me encontré con “San Clemente” y “Sant Climent”. En este punto yo no sabía si eran los dos el mismo pueblo o pueblos diferentes, bendito internet. Bueno, pues esa duda solucionadisima.
Cuando llegamos a Pas de la Casa a eso de las 6 de la tarde había una niebla de película de miedo. Nos dieron las llaves del apartamento y fuimos a investigarlo. Lo mejor era el balcón que daba a los pirineos, a un prado con vacas y un riachuelo. Ais, vacaciones. El caso es que esa nube de niebla se iba de Pas de la Casa y entraba otra, como si fuese una película de miedo. Y encima hacia frio. Y yo solo con una rebequita porque mi madre dijo que no me haría falta más. Maldita sea, saquemos el edredón del armario pero ya.
El martes nos dedicamos a hacer el primer día de ruta por las iglesias románicas de Andorra que resulta que hay como mil. O como 50. Si vais, os recomiendo ir primero al Centro de Interpretación Andorra Románica que está en Pal y allí mismo empezáis la ruta. Además, todas las tienen un guía y la visita es gratis. Sí se pagan los museos, pero con las entradas de adulto incluye la entrada a otro museo. Además, con el carnet de estudiante se reduce el precio a 2.5€, es decir, la mitad. Y con el carnet joven es gratis. Es decir, que es bastante económico visitar las iglesias y museos. Nosotros empezamos la ruta por la iglesia de Sant Climent de Pal. El pueblo entero está incluido en el plan de protección de la arquitectura tradicional desde hace unos años, así que vale la pena dar una vuelta. Vimos muchas casas con una planta superior dedicada a secar tabaco, porque no sabéis la cantidad de tabaco que se planta allí. Yo tampoco lo sabía.
Después de esta iglesia nos fuimos a Sant Martí de la Cortinada que es mucho más grande y más reformada que la de Pal. Pero también es preciosa además de tener una zona de sombra que da gusto. Como se acercaba la hora de comer, nos fuimos en dirección a Encamp a ver la Iglesia de Santa Eulàlia, pero al entrar es de esas iglesias en las que piensas: pues una iglesia normal, de románico el campanario. Fuimos a comer a un restaurante donde eran muy lentos y el camarero se ponía nervioso cada vez que pasaba por nuestra mesa y veía que el que tomaba nota no había pasado aun a vernos. Aun así conseguimos comer y a las 4 nos fuimos al museo casa de Areny-Plandolit que según la guía es el único ejemplo de casa señorial de Andorra. La verdad es que me gustó mucho porque tienen los objetos originales y puedes visitar las habitaciones y está la ropa, los cacharros y hasta los juguetes. Además, también hay una antigua consulta de médico del señor de la casa con material antiguo. La verdad es que si tenéis que elegir un museo, os recomiendo este.  También está el centro de interpretación de la Farga Rossell que fue la última fragua en cerrar. Aquí te explican la historia del hierro y la industria en Andorra y después hacen una demostración del funcionamiento de la forja del siglo XIX. Aunque a decir verdad en mi opinión sobraba el video o el guía que repitió después lo mismo que el video. Puestos a elegir prefiero que se quede el guía, por lo de defender la profesión, que nunca se sabe.
De aquí nos fuimos a la última parada del día: Sant Cristòfol d’Anyós. Como casi todas las iglesias están lo más alto posible y desde aquí hay unas vistas increíbles. De hecho, la construyeron ahí para vigilar la entrada del valle. A esta no pudimos entrar porque sólo abre dos días a la semana, pero por si vais que sepáis que las pinturas románicas también se arrancaron en los años treinta. De aquí ya pusimos rumbo a casa porque aunque son pocos kilómetros, los puertos de montaña retrasan mucho.
El día siguiente fue otro día de rutas románicas. Para empezar nos fuimos a Sant Serni de Nagol que está más o menos allá donde Cristo perdió el gorro y subiendo. Es una iglesia de 1055 desde la que se ve una ermita y (si no hubiesen construido fincas) la iglesia de Sant Julià de Loria. Una vez más, la iglesia tenía un carácter defensivo. Según nos explicaron es porque al ser un país neutral no podían tener castillos ni fortificaciones, pero supongo que hecha la ley, hecha la trampa. Es una iglesia pequeñita a la que no debe ir mucha gente ya que la guía estaba tumbada en el porche con un cojín y un libro. Un trabajo tranquilo. De aquí volvimos a la civilización y nos fuimos a visitar Santa Coloma. Para seguir con las excepciones andorranas, esta iglesia es la única que tiene un campanario redondo (más o menos). Nos dijo un guía que parecía casi un pique entre iglesias así que acabaron con la única iglesia con ventanas geminadas dobles, la única iglesia con un campanario redondo y otra con un campanario extremadamente alto. Esto es lo que pasa cuando te picas con el vecino, que luego la historia no sabe a santo de qué. Aquí en Santa Coloma nos encontramos con una guía más preocupada por repetir el horario de las iglesias que por hacer la visita y cada vez que llegaba alguien volvía a empezar. Desesperante. En esta iglesia las pinturas también fueron arrancadas aunque se conservaron algunas que estaban escondidas detrás del retablo. Además en el ábside hay una miniatura de la virgen de los remedios decorada y digna de adulación si es cierto que no ha sido restaurada nunca. Además, Santa Coloma está en el centro del pueblo y si no aparcáis al lado sino en un parking que hay más arriba hay un bonito paseo. Lo único malo es que el bonito paseo de vuelta es hacia arriba, pero no es mortal.
Como se hacía ya la hora de comer, nos fuimos en dirección a Sant Miquel d’Engolasters y antes de visitarlo decidimos comer. Cerca de la iglesia está el lago d’Engolasters. Arriba de la cuesta hay un restaurante y un parking para clientes, pero también podéis aparcar abajo e ir hasta el lago por el camino de acceso al circuito de trial o bicicleta de montaña o lo que sea. Aquí comimos a la sombra y disfrutando de las vistas y sin muchos bichos, todo sea dicho. De aquí nos fuimos al restaurante a tomar el postre. No pudimos entrar dentro porque estaba cerrado, así que nos tocó sentarnos al sol en el chiringuito a sufrir helado en mano. Que bien podría haber sido gratis si el camarero me hubiese confundido más tiempo con su amiga Carmen. Que oye, si tenemos que ser amigos seremos amigos, no es tanto esfuerzo. Seguro que su amiga Carmen tiene pinta de maja, como yo.
En fin, de aquí nos fuimos a Sant Miquel y menos mal que llevábamos una guía porque el guía que había allí no se dignó más que a darnos la razón en lo que nosotros íbamos suponiendo. Por no llevar no llevaba ni el uniforme. Sant Miquel es una iglesia muy pequeñita con un campanario de 17 metros que le queda como a un Cristo dos pistolas, o extremadamente desproporcionado. Como queráis. Dentro vimos al típico pantocrátor, pero resulta que es una copia y los originales no están, para variar. Lo bueno que tiene  es que está a pie de carretera, así que no tenéis que escalar. Así se hace el románico, a pie de carretera, a ver si aprenden los de Nagol.
Muertos de calor porque ese día decidió calentar con ganas, nos fuimos a ver el conjunto de les Bons. En realidad lo llaman “conjunto histórico” pero lo único visitable es la iglesia. También podéis subir a una torre, pero sin más. Aquí en la iglesia conocimos al guía que más mencionamos y recordamos de la historia: Albert. Él nos enseñó la iglesia de San Román y fue con el que más nos reímos, con diferencia. A la pregunta de si esa piedra tan blanda (parecida a la piedra pómez) aguantaba bien la humedad dijo: si en Andorra no hay humedad. Para asegurarnos de que había entendido la pregunta añadí: pero ¿ni con lluvia ni nieve? Y siguió negándolo. Querido Albert, no puede ser que digas que no hay humedad si está todo verde y hay riachuelos cada dos pasos. Además, él con el pelo largo y liso lo tiene que notar, seguro. Me juego lo que queráis. El caso es que al acabar la visita y explicarnos todas y cada una de las pinturas, le pregunté si todos los guías de patrimonio son historiadores. Adivinad qué, no lo son. Él nos dijo que era ingeniero deportivo. ¡Maldito sea el intrusismo laboral! Y menos mal que no es ingeniero agrónomo, porque decir que no hay humedad…
Después estuvimos hablando un rato de sus copríncipes y demás, yo no tenía claro si Francia y España pagaban a Andorra o al revés y resulta que el presidente francés y el obispo de Urgell le cobran a Andorra un buen pico cada año. ¿Las coprincesas llevaran solo medio vestido y media corona? Lo investigaré antes de presentarme voluntaria. Si vais a Andorra ojalá os toque Albert de guía, no como el de Sant Miquel o la de Santa Coloma.
De aquí nos fuimos a Sant Serni de Canillo que está también arriba pero no os paséis como nosotros que nos fuimos demasiado arriba. Es una iglesia normal y a través de un cristal se ven cuatro muros de una iglesia románica, pero sin más si lo que buscáis son iglesias románicas. De aquí nos fuimos a Sant Joan de Caselles, otra iglesia a pie de carretera, donde aún se conserva la madera original y hay dos porches de épocas diferentes. Además de un cristo policromado que encontraron hecho pedazos en la propia iglesia. La verdad es que es una iglesia simple pero muy bonita, incluso desde fuera. Además como el museo de la moto está al lado, se puede aparcar en su parking y siempre está llena de gente. Por eso de que no hay que buscarla, que está a pie de carretera. Esta iglesia, según entendí, no es de patrimonio así que cierra al medio día.
De aquí ya nos volvimos a casa porque hay que abastecer la mini nevera y decidir el plan para el día siguiente. Y abrazar el edredón.
Al día siguiente nos levantamos y después de organizar la ruta pusimos rumbo a Llivia. Para el que no lo sepa (como era mi caso) Llivia es un pueblo catalán en territorio francés. Algo así como el rincón de Ademuz. Más o menos. Aquí está la farmacia más antigua de Europa o una de las más antiguas. Dicen mis padres que antes se podía visitar la farmacia, ahora hay un museo y una especie de reconstrucción de la farmacia y la oficina del farmacéutico, pero es bonito. Os recomiento visitarlo porque es muy interesante. Justo enfrente del museo está la antigua cárcel y la iglesia. Si os gusta visitar iglesias, es una iglesia bonita. Sí, normal y aun en uso, pero bonita. Pero eso sí, no busquéis postales porque no venden. Malditos.
Aquí la puerta de la cárcel

De aquí salimos pitando hacia el Valle de Nuria. Sí, mi hermana tiene un valle. O no y es sólo casualidad. Nunca lo sabréis. El caso es que después de pagar una burrada para subir al tren cremallera que sube hasta allí 
(que suena un poco tacaño, pero jolín), nos tocó esperar un buen rato. Pero bueno, se lo perdonamos por ser una de las dos únicas líneas de tren cremallera de España y además se inauguró en 1931, hay que tener paciencia. Por fin llegamos arriba y el frio nos abrazó. Tanto que me puse la rebeca y el chubasquero, que no abriga pero reconforta. Comimos allí con nuestro picnic y después fuimos a visitar la ermita y la iglesia. Vale que la última vez que fui yo tenía como 5 años, pero a Dios pongo por testigo que allí había un caldero en una ermita y ahora ya no está. 
Dentro de la iglesia se puede subir hasta arriba y ver la habitación donde está la virgen de Nuria, pero yo me embobé en cuanto entré porque había una chica restaurando pinturas. Creo que se pensó que estaba loca porque me quedé un poco embobada. Así que cuando la habitación se despejó empecé a hablar con ella y resulta que llevaba cuatro días con un trozo que no mediría ni 50cm. Pero fue bastante simpática, sobre todo después de dejar caer que era del gremio y no una cotilla sin más. Discúlpeme, soy una cotilla titulada.
Y entonces tocó esperar al tren cremallera, porque no os creáis que pasa cada cinco minutos tampoco. Así que nos fuimos a la cafetería y me tomé un delicioso chocolate caliente. La verdad es que siempre que hemos visitado el Valle de Nuria paramos un gran dia. Con 5 años o con 23, es un sitio precioso. Y toda la zona de la Vall de Ribes es increible, los pueblos son maravillosos y os recomiendo tanto ir a visitarlos. Nosotros vamos cada x años, porque de verdad que nos encanta la zona. Aunque tengo que reconocer que la vuelta a casa fue larga y cuando llegamos el edredón me sonrió.
Al día siguiente cruzamos la frontera hacia el otro lado y nos fuimos a Foix. Fuimos justo el día que hacía un calor infernal y había mercadillo. Que después dirán que aquí timamos a los turistas, pero ojo que aquel panadero nos timó. Ahí se atragante, mala persona. Subimos hasta el castillo de Foix, pero tampoco me apasionó. Si hubiese estado como la casa museo, así con el mobiliario o algo. O vacío. Pero no exposiciones aleatorias en cada planta. Que la exposición sobre Andorra no sé a qué viene. Lo único salvable fue el libro de cacerías que escribió el mandamás y que han digitalizado así que vas pasando las páginas en plan tablet.
En la oficina de turismo nos habían dicho que cerca había un pueblo muy bonito, así que decidimos ir allí a comer. De camino a Mirepoix me dormí, porque a todo esto la siesta no la he hecho mucho, pero la siesta del borrego no la he perdonado ningún día. Por eso hay algún vacío existencial en la historia, porque me he pegado unos sueñecitos en el coche que vamos.
Llegamos a Mirepoix y nos comimos la quiche que habíamos comprado al panadero timador. Que era un timador, pero estaban de muerte. Después nos fuimos al centro del pueblo que no sé cómo lo encontramos porque ahora que lo pienso mis padres fueron muy directos. Igual lo vieron mientras yo dormía, no lo descarto. El caso es que es una plaza muy bonita con una gran galería medieval donde se organizan teatros, tiendas artesanales y mercados. La verdad es que vale la pena darse un paseo por la plaza y disfrutar de las vistas. Además está la catedral con la nave más ancha de Francia, que tampoco es despreciable y está toda pintada. Así que si pasáis por allí, marcad Mirepoix como punto interesante. Además hay una heladería que hace esquina que te mueres. Vale que los helados son de Ben&Jerry’s, pero se está tan bien allí. En la oficina de turismo nos mandaron a “uno de los pueblos más bonitos de Francia” y allá que nos fuimos. No hace falta que marquéis Camon en el mapa. No tiene mucho que visitar, así que a no ser que queráis dar un paseo por un pueblo pequeño o comer una crepe en una furgoneta-bar, no hace falta. Tampoco descarto que en Mirepoix nos mandasen allí para que dijésemos “pues Mirepoix es más bonito”.
Lo malo de cruzar fronteras es que luego hay que volver y no sabéis la de colas que se organizan en Andorra para entrar y salir. No porque paren en la aduana, sino porque el aforo del país entero debe rebosar. El caso es que volví a casa sin que ninguna oficina de turismo me diese información de Muret. Frustración sobre mí y vergüenza sobre sus oficinas de turismo.
Al día siguiente arrastré a mi familia a más de dos horas de coche para llegar a Muret. He de reconocer que fui perdiendo la fe. No llegábamos nunca y empezaba a tener pinta de ser un pueblo con cuatro casas muertas del asco. De hecho empecé a sugerir dar la vuelta porque no valdría la pena. Hasta que sales de un mini bosque y aparece Muret a tus pies, enorme. Porque claro, a ver si se pensaban que yo los llevo a sitios muertos del asco o que un rey de Aragón se deja matar en cualquier sitio. El caso es que llegamos más bien a la hora de comer y estaban recogiendo el mercado. Por una parte mejor, no quiero vérmela con más panaderos timadores. Entramos en la iglesia y aquí encontramos la única referencia a la batalla de Muret. Vamos a ver, ¿tanto estudiarlo para esto? Después preguntamos a una buena mujer por la oficina de turismo y nos dijo que era sábado, que estaría todo cerrado. Maldita sea. Vergüenza también sobre esta oficina de turismo. El caso es que decidimos ir a buscar algún sitio agradable para comer, pero antes hice que Nur cruzase conmigo una carretera para hacerme la foto con el nombre de “Muret”, por lo menos. Y entonces a mi padre le dio un cortocircuito y decidió ir a Lourdes. No sé si sabéis donde está, pero más o menos de Muret está a tomar por saco a la izquierda. Que se veían ya las señales en dirección a San Sebastián. Paramos a comer a medio camino porque eran las 4 y ya rozaba la indecencia. Por cierto, las ensaladas que venden en los supermercados no están tan buenas como parece. La de pasta tenía un pase si le hubiesen quitado el pimiento, pero la de cerdo… no señor. La cambié por un capuchino frio.
Llegamos a Lourdes y de repente la población se ha transformado en grupos de enfermos, familia, monjas y curas. Megafonía con música, megafonía con misa. Demasiada sacralidad, me cortaban todo el sarcasmo y la ironía que viven en mí. Vimos de lejos la virgen porque la cola que había no tenía nombre y después entramos a la iglesia donde había unos mosaicos muy bonitos, todo sea dicho. Y después nos fuimos a comprar recuerdos para las abuelas, pero no venden agua embotellada. Sólo encontramos una mini botella y la mujer dijo que no le quedaban más. Igual yo soy mala persona, pero seguro que más de uno hubiese dicho que sí, hubiese entrado a la trastienda a llenar la botella con agua del grifo y lo hubiese vendido. Por una parte no miente, porque es agua de Lourdes, por otra… voy a ir al infierno.
El caso es que después de un súper helado de nata con sirope de chocolate me veía en muchas más condiciones de hacer de copiloto de vuelta a Andorra. Así que el turno de la tarde (mamá y yo) nos pusimos en los asientos de delante y seguimos las indicaciones del GPS. Al que hay que llevar a desintoxicación porque debía estar borracho perdido porque no nos devolvió por la autopista sino que nos metió por todos los malditos pueblos de Lourdes a vete a saber dónde. Hasta que empezó a anochecer y nos plantamos en una rotonda perdida de la mano de dios y el GPS decía que teníamos que seguir por el puerto de montaña. Y mamá se amotinó y al grito de “¡un puerto!” dio otra vuelta a la rotonda, se aparcó y le dijo a papá que se apañase. La verdad sea dicha, en el puerto el corazón se me movió de sitio y casi sale disparado. Carretera estrecha con niebla y solo nos faltaba la niña de la curva o las brujas de Zugarramurdi. Por fin, a las once de la noche llegamos al apartamento. Edredón, no sabes cuánto me alegro de verte.
El día siguiente por la mañana lo dedicamos a bajar a Andorra a comprar, pero lo de que es más barato es bastante mentira. Si no fumas, no te sale rentable. Y como yo no fumo, pues a otra cosa mariposa. Volvimos a comer al apartamento y después de la siesta quisieron dar una vuelta por los prados de detrás. Querían subir a un lago, pero yo decidí que me quedaba a medio camino y me senté al borde del rio. No sé porque decidí meter los pies en el agua y estaba tan fría que dolía. Pero allí me quedé por lo menos una hora. Solo se oía el agua, ni las motos de trial escuché. Cuando quise darme cuenta había una vaca a menos de 2 metros de mí y no la había visto ni venir. Me quedé tanto rato allí sentada que las golondrinas pasaron a menos de medio metro de mi cabeza y los mosquitos se posaron sobre mí. Pero fue una hora genial. Ojala hubiese podido coger ese trocito de mundo y traérmelo a casa. En su lugar grabé un video. De vuelta al apartamento pasamos en medio de las vacas que rumiaban y los terneros que nos miraban fijamente.
Al día siguiente volvimos a Andorra porque papá quería comprar una cosa en la única tienda que estaba cerrada el domingo. Después de almorzar pusimos rumbo a casa, pero antes decidieron pasar por Sort a comprar lotería. No sé si habéis ido alguna vez, pero tiene un camino con curvas que te mueres. Y más si vas leyendo como yo. No me había mareado nunca en el coche, y que horror. Quiero decir, ¿qué haces? Si has bebido hay quien vomita y hay quien come y asienta el estómago, ¿pero en el coche? Como yo no soy muy de vomitar, en cuanto pararon el coche para ir a comprar me comí un paquete de papas. No sé qué ayudó si las papas o el hecho de estar parada, pero el caso es que me encontré mucho mejor. Pero válgame, que mal lo pasé. Así de dedicada estoy al trabajo del máster. Solo recordarlo me duele la tripa.
Paramos a comer allá por el desierto de Lérida que más que Lérida parecía el desierto de Nevada. Y otra vez ignorando al GPS borracho conseguimos llegar a casa sanos y salvos.
Hacía muchos años que no me iba de viaje con mis padres, pero no han perdido las costumbres. Ha sido un viaje muy divertido donde me han venido muchas ideas y además he disfrutado de un paisaje precioso. Será porque es todo verde con ríos (aunque Albert diga que no), pero me parece precioso. Quizá porque no lo tengo en casa. Lo mismo me pasa cuando voy a Francia a ver a la familia, lo que no tienes te parece maravilloso y lo que tienes, bueno eso es más rutina y trabajo, pero también es maravilloso.
Sé que no ha sido un gran relato de las vacaciones, pero espero que me perdonéis. Espero que hayáis tenido un gran verano y disfrutéis de lo que queda.

¡Sed felices!

jueves, 12 de diciembre de 2013

Familia, divino tesoro.

Improvisadores, he vuelto y estoy resfriada. Me fui a pasar el puente de la constitución a Francia, a visitar a la familia. Y de regalo me he traído un resfriado. ¡Ah! Y preparados para seguir la explicación sin que os tenga que dibujar un árbol genealógico.
Me fui el viernes por la mañana con mi abuela y el primo de mi madre. Siete horas después de salir de Valencia, llegábamos a casa de mi tía Rita (la hermana de mi abuelo). Y desde ese viernes por la noche no hicimos más que ir de mesa en mesa.
El viernes cenamos 8 en casa de Rita y después me fui a la cama dejando a mi abuela y a su cuñada (es decir, Rita) en su fiesta de pijamas particular. No sé qué se traerían entre manos, pero llevaban unas risas ellas solas… El caso es que el sábado por la mañana pasó Pedro (el hijo de Rita, el primo de mi madre que nos trajo desde Valencia, ¿recordáis?) a recogernos y nos fuimos a comer a casa de la tía Carmen (hermana de mi abuelo también). No es que yo me levantase tarde, es que allí se come pronto. Y vas antes a la hora del aperitivo y luego a comer. Y comer y comer y no parar. Nunca deja de salir comida de la cocina, es como si tuviesen a alguien allí metido cocinando las 24h del día sin parar. Y encima todo está bueno, porque si estuviese malo pues no comes tanto. Pero todo está bueno, no hay cosa que no lo esté. El salmón que se deshace en la boca; pato que acompaña a las patatas de forma maravillosamente genial; foie gras que más que un aperitivo debería ser un plato principal; la raclette (creo que se escribe así) que combina queso, carne, patatas y todo lo que le eches. Y el vino rosado, ¡ay dios! No soy muy de vinos y el tinto me parece fuerte y el blanco no me va. Pero el rosado… ¡eso sí!
Después de comer con los tíos nos fuimos a casa de Javier (el hermano de Pedro) a cenar todos. Y cuando digo todos me refiero a los 5 hijos de mi tía con sus correspondientes consortes con sus correspondientes hijos y los consortes de sus hijos. En total éramos nada más y nada menos que 31 personas cenando allí. Somos una familia bastante grande (esto lo digo para los improvisadores que no son de la familia, los de la familia ya lo sabéis) y eso quiere decir que es más que probable que no conozca a alguno de mis primos aun. Hasta el sábado, porque no faltaba nadie allí. Y me lo pasé genial. No gracias a mi capacidad de comunicarme en francés, más bien a la capacidad de mis primos de comunicarse en castellano. Aunque en mi defensa diré que entiendo el francés más de lo que pensaba y que cuando me leían las preguntas del trivial en francés las pillaba casi siempre. Lo de leerlas yo en francés ya era otro tema. Como práctica está bien, pero como jugadora de trivial deja bastante que desear si luego alguien tiene que volver a leerlo. Pero vamos, que me lo pasé genial. No tengo nada en  contra de la gente mayor (me refiero a los que ya cobran pensión y tal) pero no tenemos el mismo concepto de entretenimiento y por eso esa noche me lo pasé tan bien, porque estaba con mis primos que se acercan más a mi edad que mis tías abuelas o mi abuela. Con todo el respeto del mundo hacia las personas mayores, ojo.
El domingo por la mañana fuimos a comer a casa de la Amparín (prima de mi madre e hija del tío Ricardo; hermano de mi abuelo) y allí éramos 21 si no recuerdo mal. La verdad es que los aperitivos empiezan pronto, pero luego la comida se alarga horas y horas porque como hace tanto tiempo que no los ves, parece que no quieres irte nunca. Pero sobre las 6 ya volvíamos a estar en casa de la tía Carmen. Esa noche tocaba pasarla en su casa. Y aquí fue donde avancé barbaridades a leer el libro de “El tiempo entre costuras”, supongo que por eso de no tener internet ni prestarle atención a la televisión. El lunes por la mañana nos levantamos y después de algunas visitas fugaces, me fui a dar una vuelta yo sola por el pueblo. No es que me fuera a perder porque ya había estado antes allí, así que no había ningún problema. ¿Por qué me fui a dar una vuelta? Porque me aburro toda la mañana en casa sin salir y porque pasear cuando no hace calor es una gozada. Cuando fui a Noruega a ver a Nuria también me fui yo sola a dar una vuelta.
Pero volvamos a Francia. Me fui en busca de una farmacia porque yo en cuanto me descuido tengo la garganta fatal. ¿Y sabéis que? Las farmacias no abren los lunes. Tampoco los bancos. Creo que no abre nada los lunes. Increíble pero cierto. Pasé una farmacia cerrada y buscaba otra, pero no sabía dónde había una, así que paré a una pareja de ancianos para preguntarles en mí no perfecto francés “Excuse-moi….comment ça se dire… ¿farmacia?” y el buen hombre me entendió y me dio las indicaciones en francés preguntándome si las entendía. Por suerte, el día de antes la tía Rita me había explicado como se dice “a la derecha”, “a la izquierda” y “todo recto”. El caso, que las tres farmacias que encontré estaban cerradas.
Así que de vuelta a casa de mi tía y cuando quise darme cuenta ya eran las 12, hora de comer. Sí, las 12. Pero no os penséis que después de comer hay siesta, que vino una amiga de mi tía y nos fuimos todas a su casa y allí estaban leyéndose las cartas estas de adivinación mientras tomaban el café. Las 6 señoras y yo. Y de allí nos fuimos al súper a comprar cosas que quería traerse la abuela de allí, y ya sabéis: discusión por pagar. No lo entenderé nunca. Una o dos veces vale, pero si a la tercera te dicen que no, ¡no te pongas a discutir!
Luego vinieron la Amparin y Paco a por la abuela y a por mí y nos fuimos a cenar a casa de Jose (otro hijo de la tía Rita). No sé cuántos éramos, pero no éramos 31 seguro. Hacia un frio de mil demonios fuera de casa, pero dentro con las dos chimeneas tengo que decir que su casa parecía el paraíso. Pero nos fuimos pronto a casa porque el martes por la mañana tocaba poner rumbo a Valencia, así que a las 12 de la noche ya estaba yo en la cama con el libro en la mano.
El martes me desperté y cuando salí me encontré con que habían traído a la prima pequeña porque estaba mala y no iba al colegio. Y ella sin hablar castellano y yo con 4 palabras mal dichas  (y que no sé escribir) en francés, estuvimos jugando lo menos dos horas. Me seguía, me esperaba si no la seguía, me mandaba subir a por mí abrigo porque a ella le habían dicho que saliese con su abrigo. Vamos, que la comunicación con los niños es universal. Hablen el idioma que hablen, todos hacen castillos con cubos de juguete y los derrumban, todos hacen mil preguntas, todos juegan a subir y bajar las escaleras y todos son un poquito mandones.
A las 11 vinieron Pedro y Françoise y pusimos los 4 rumbo a casa con el coche más cargado que cuando nos fuimos hacia allí.
Cuando fui a Noruega dije que era el sitio más bonito en el que había estado nunca. Y es verdad, es precioso, tiene algo especial. Pero Francia tiene algo muy especial también, que cuando vamos a casa de la familia es muchísimo más bonito que mil Noruegas juntas. Porque hace años que no los ves o incluso es la primera vez que los ves en tu vida, pero parece que los vieses todos los días. Porque vas allí y es reunión tras reunión, y risas y más risas. Y ya lo dice la Amparin, a los Zafras nos gusta el jaleo, y por eso me encanta ir a Francia a visitarlos. Es verdad que cuesta dinero viajar, pero si el dinero se gasta en viajar y en ver a la familia yo creo que es un dinero más que bien invertido. Y oye, no son visitas sin más que también voy aprendiendo cosas útiles. De momento solo sé frases cortas, palabras sueltas y preguntar dónde está el vino rosado; ¡pero por algo se empieza!

¡Sed Felices!