jueves, 23 de abril de 2020

Cuarentena + 1

Improvisadores….

He vuelto. Dos años casi han pasado. No me veo capaz de poneros al día al detalle. Pero rápidamente puedo deciros que trabajé en un comedor escolar mientras me llamaban de la bolsa de profesores y por fin en septiembre de 2018 me llamaron para dar clase de atención domiciliaria. Para el que no lo sepa, es para ir a la casa de un alumno que por tal o cual motivo no puede acudir a clase. Fue un curso interesante, me sentía profesora y no, porque no estaba en una clase. Es difícil de explicar.

Me volví a presentar a las oposiciones. Tres días antes dije que saldría el tema 49 en el bombo (sacamos 5 bolas), salí voluntaria para el bingo… y ¡49! Pero aun así no aprobé. Y en noviembre me volvieron a llamar de la bolsa y me fui a un instituto donde me sentí muy acogida. No podría haber pedido un instituto mejor para empezar. Acabé justo para Navidad mi contrato allí. Y hoy aun me estaba acordando de alguno de mis alumnos de lo bien que me lo pasaba en esas clases. A mi esto de ir de aquí para allá se me hace pesado, el saber que es un adiós definitivo y no un hasta el curso que viene. Y desde enero estoy en otro instituto también muy contenta con los alumnos.

Pero llegó marzo y el coronavirus. No hace falta que os explique qué es. Y si vivís en el año 3000 porque el planeta aun existe, seguro que hay hemeroteca de sobra. Así que estoy en casa teletrabajando. Pero resulta que esto puede hacer peligrar el cariño que le tengo a mis alumnos cuando los problemas técnicos son absurdos, pero parece que les son imposibles de solucionar. Además, tengo que añadir que todos mis cursos trabajan con Tablet propia. Es decir, todos los alumnos tienen desde principio de curso su Tablet y trabajan con ella en todas las asignaturas. Lo cual hace que me mosquee aun más.

Pero no pasa nada. No estamos aquí para quejarnos (¿desde cuándo?), estamos aquí para retomar el blog. Que se que los blogs están muertos, pero desde 2017 hasta hoy me he dado cuenta de que esto no lo hago por vosotros (me vais a perdonar), sino por mí. Y por mis amigas, que las saturo un poco de más. Vale… también un poquito por vosotros. Los 4 lectores que no conozco, porque el resto son todo gente conocida lo más seguro.

Hoy cumplimos 40 días de confinamiento en casa (en realidad ayer, pero he tenido que resubir la entrada). Espero que lo estéis llevando bien. O no muy mal. Es normal tener días y días. Yo tengo que confesar que la primera semana fue fatal. Luego un poco mejor. Pero ha sido en vacaciones de Semana Santa/Pascua cuando ya todo mal. Oye, que no había manera de tener un día decente eh. Pero seguro que esto mejora, y todo valdrá la pena. Desde luego, el 2020 no lo olvidaremos nunca. Sinceramente, espero que esto sirva para aprender mucho de nosotros mismos. También de la gente que nos rodea. Yo tengo la suerte de tener grupos de amigos que la verdad que están ahí siempre. También es verdad que no tienen mucho más que hacer. Pero, aunque tengas un mal día y no te apetezca hacer videollamada, al final te animan. Y los aplausos a las 20h son casi la mejor parte del día porque después del merecido aplauso a los sanitarios (y no lo digo solo porque tengo 3 en casa), un vecino ha montado casi un programa de radio con canciones dedicadas y concursos. Son 20 minutos que me dan la vida.

Espero que estéis bien, vuestra gente este bien. Pronto disfrutaremos de las pequeñas cosas que antes no valorábamos y ahora echamos tanto de menos. Os dejo por aquí la canción de Rozalen "Aves enjauladas" que me parece preciosa y no puedo dejar de escucharla estos días.

¡Sed felices!

martes, 3 de octubre de 2017

I'm on my way

Improvisadores, hace como un siglo o dos que no me paso por aquí. Lo sé. He estado liada y muy ocupada y al final no hay tiempo para todo. Pero creo que hoy es un buen día para escribir un rato. Para mi o para vosotros, eso ya no sé.
En realidad, no sé qué contaros. Estoy trabajando en el comedor de un colegio y me encanta. Me lo paso de miedo con los alumnos. Tiene sus cosas, como todos los trabajos, pero me encanta. Aunque me destroce los sueños de fin de semana por que me despierto pronto sin despertador. No porque entre pronto a trabajar, pero tengo cosas que hacer antes de ir. Pero qué ganas de que llegue el frío. Porque este calor que no se acaba me va a volver loca. Más (si es que eso es posible). Pero al final entre el comedor, gimnasio y todo lo que hay que hacer es un machaque físico, pero sobre todo mental. De hecho, hoy he llegado a mi casa y me he pasado la tarde en la cama viendo series y algún que otro video lacrimógeno de YouTube. Creo que necesito vacaciones. Pero no pasa nada, mañana vuelta al comedor, y lo que me rio yo con los de secundaria. Porque los microbios de los de 3 años ya lo pillé la primera semana, y no los quiero más. Gracias.
La verdad es que en poco más de un mes tengo planeado una escapada a Londres, así que ahí puede que haya jugo para volver por aquí. Además, justo hoy he perdido en el patio del colegio uno de los pendientes que me compré allí, así que toca reponer. ¡Ah! Y mi hermana ha comprado entradas para el parque de Harry Potter para diciembre. ¿Puede ser más genial? ¡De eso seguro que os cuento algo!
Y bueno, en verdad poca cosa que contaros para poneros al día. Un verano genial, sin viajes muy largos, pero con días fuera y visitas. Y me fui a Francia de sábado a lunes. Iba a irme en tren, pero mi padre me dijo “pues ya te llevo yo”. Y así fue. Qué se le va a hacer. También pasé cuatro días en Port Aventura con Nur y con los peques que cuidamos. Y con coche en el desguace incluido, una lástima. Y una anécdota más. Sobre todo, cuando te dicen que el coche está en el taller y el taller está cerrado por vacaciones y piensas: ¿Dónde habéis metido el coche? Fiestas de pueblos, que eso no puede faltar nunca, con mayor o menos éxito, pero siempre geniales.
Y además he tenido la inmensa suerte de encontrar personas que, recordando el post anterior, son personas – casa. Nuevas casas quizá, pero gente muy grande. En las malas, en las buenas y en las aún más buenas. Con las que no te sientes juzgada sobre nada que hagas o digas. Y eso, improvisadores, vale más que el oro. Y la verdad es que lo agradezco, porque de mis amigos cada vez quedamos menos en Valencia y los que quedamos nos vemos poco por circunstancias de la vida. Menos para ir a la feria del vermut. Ahora en serio, quizá las personas – casa son esas personas que te dicen las cosas por tu bien, aunque puede que te sienten mal, pero que en el fondo sabes que te están entendiendo. A veces mejor que tú misma, ¿no Gem? Y las nuevas personas – casa son de lo mejor. Y en esos días difíciles en el trabajo o donde sea saber que están ahí, más de acuerdo o menos, ayuda.
No voy a mentiros, la verdad es que no escribo desde febrero de este año. Pero la verdad es que muchas veces el blog era o contar viajes o desahogarme en un mal momento. El post de febrero era morriña pura y dura por mis chicas, a las que voy a ver en poco más de un mes cuando nos juntemos las 5 por fin. Y hoy, la verdad es que es el cumulo de un par de semanas malas. Regulares, mejor. Dicen que escribir ayuda, que es como terapéutico. Y parece una tontería. Pero cuando llevas un tiempo sin escribir, entonces te das cuenta de que falla algo. O, mejor dicho, que falta algo. Y es el ordenar las ideas. No digo que tenga que ser en un blog, puede ser en una servilleta, yo que se. Y hoy necesitaba esto, por mí misma. Solo deciros que me acabo de emocionar yo sola leyendo el post anterior de personas – casa. ¿Por qué soy tan moñas? Os prometo que yo antes no lloraba ni a la de tres.
Que ganas tengo que volar (sí, yo he dicho eso, la del pánico a los aviones) a Londres y abrazar a las 4 Señoras a la vez. Y quedar con Laura, aunque sea a corregir sus exámenes mientras tomamos un café. Y de los almuerzos de burdéganos que hacen que me ría todo el rato. Dicen que cuando tienes un mal día (o días) lo mejor es enfocarte en las cosas buenas que tienes en la vida. Pues yo no sé qué he hecho para merecer tanta gente buena. Y no me va a tocar la lotería nunca porque con la madre que me parió ya me tocó hace 26 años. Que tiene aguante y paciencia la pobre mujer. Y mi padre que se está sacando un master del universo en mediación madre - hija. 
Y, por último, no penséis que no he escrito desde febrero nada de nada. La historia de Mati ya está acabada y lista para que la lea Nur al completo.
Para despedirme os dejo esta canción de Ed Sheeran que, no sé por que, siempre me recuerda a mis personas - casa. 

¡Sed Felices!


miércoles, 8 de febrero de 2017

Por mis personas - casa

Improvisadores, hace apenas semana y media volví a Barcelona. Tranquilos, no vengo a contaros mi fin de semana, porque no vimos nada de la ciudad. O al menos nada donde no sirviesen vermut, comida y alcohol. Pero sí vengo a reflexionar sobre una cosita tonta. 
Creo que alguna vez lo he comentado ya, pero no estoy segura. ¿Sabéis de esa gente con la que cuando estáis tenéis una sensación de paz? No me explico muy bien. Son personas de vuestra vida que te hacen sentir como en casa, pero más. No es como estar en casa, ellos son casa (no tengo muy claro que esa frase tenga mucho sentido si nos ponemos a analizarla en una clase, pero bueno). 
Son esas personas que, estéis donde estéis, te conocen tan bien que sabes que todo irá bien. Y si no va bien, saben a qué eres alérgico si tienen que llevarte a urgencias. Esas personas que te conocen, a veces, mejor que tú misma y confían en ti cuando tu no lo haces. O que te dicen “hazlo” y tú piensas “estás loca” y repiten “hazlo” sin argumento ninguno.
Un ejemplo. En noviembre me fui a Londres por primera vez en mi vida. No había estado nunca ni cerca. Pues me quedé en casa de Elena y con ella, y con Anna cuando salió de trabajar, al fin del mundo. Ese momento en el que vas en un metro que no conoces, una línea que no conoces y una ciudad que no conoces y piensas “No tengo ni la menor idea de donde estoy, pero estoy más que bien”. Ese sentimiento es al que me refiero. En el caso de Barcelona es diferente, he estado millones de veces, pero aun así me pasa. Ir paseando por Gracia y darme cuenta de que no tengo ni idea de por dónde vamos, pero no pasa nada.
Tener gente así en la vida es muy importante. Creo que son las típicas personas con las que tu madre está tranquila. Yo le digo que estoy perdida en mitad de Londres y que no sé dónde ir y le da algo, le digo que estoy perdida en mitad de Londres y no sé dónde ir pero que también están Anna y Elena. Y me contestaría algo tipo “Tranquilas, os encontrareis”. Porque así son las personas-casa. Las personas-casa hacen que tu madre esté tranquila. Y eso vale oro.
Ojo, no estoy diciendo que el requisito para ser persona casa de alguien es conocerlo de toda la vida. Para nada. Una vez una mujer muy sabia me dijo que ella podía salir, pero no podía beber si no estaba con alguien en quien confiase de verdad. Tomando esto como alguien en el que puedes confiar cuando tú, por los azares de la vida, no confíes ni en ti misma. Eso es una persona – casa.
Y eso, improvisadores, es una de las cosas más importantes de la vida. Esto va por todas mis personas-casa.
¡Sed Felices!

sábado, 14 de enero de 2017

Vuelta a casa de una pieza

Improvisadores, llegamos al domingo último en Noruega. Pero no estéis tristes, pronto tendré algo más que contar.
Domingo 11 de diciembre del 2016
Esa mañana no me levanté la primera, ni a las 8 de la mañana. Que soy tonta, pero aprendo rápido. Así que cuando me desperté ya había movimiento por casa. Creo que en general estábamos todos bastante cansaditos, así que tardamos bastante en dar cuenta del mega desayuno. Y después la decisión del día: ¿Qué hacemos hoy? Pues yo me aferré a mi colchoneta/trineo, pero Andrés y Nur quisieron probar el snowboard. Y claro, Bente tiene de todo en esa casa, cualquier actividad de nieve que se os pueda ocurrir... la tiene.
Así que pusimos rumbo a la colina de detrás de su casa otra vez. Problema: la nieva sobre la que nos habíamos tirado el día anterior estaba hecha hielo porque había llovido un poco, pero la nieve de la colina estaba demasiado blanda y se hundían las tablas de Snow. No la mía, yo me fui tirando mientras ellos aprendían a aguantar en la tabla más de 30 segundos. Eso sí, si al tirarte por la colina no llegabas al camino y te quedabas parado en la nieve antes… buena suerte. La primera vez que me pasó y bajé de la tabla me hundí por encima de la rodilla. A la siguiente ya le di más carrerilla y no me pasó, pero que minutos más eternos. 
Al cabo de un rato, Else se fue a la cabaña a empezar a hacer la comida. Poco después se fueron Marta, Andrés y Salma, que después de caerse el sábado de trineo y de estar cansada como todos, no estaba mucho por la labor de más trineos. Y ya por fin Bente, Nur y yo decidimos darlo por cerrado y nos bajamos a la cabaña. Aquí quiero reconocer mi error, porque el sábado por la noche cuando me caí en el hielo dije “estoy bien, ¡estoy bien!” pero (para los que no lo saben) tengo unas muñecas y unos tobillos que parecen hechos de cristal, así que tengo una colección de muñequeras y tobilleras que no os podéis ni imaginar. Mirad si me conoceré bien que me llevé una muñequera en la maleta, pero no era de las rígidas. Así que me la puse porque me dolía la muñeca, pero no quería desaprovechar un día como ese en Noruega por un dolor de muñeca. Pero claro, igual tirarte con una tabla que tienes que controlar con la fuerza de tus brazos y manos y luego estirar de ella por la nieve, pues tampoco fue muy inteligente por mi parte. De hecho, hasta el martes que volvimos a casa no pude ponerme una muñequera como dios manda. Y lo que pudo haberse arreglado en 10 días me duró casi un mes. Bueno, además está la cosa de que me escayolaron la mano una vez para 15 días, pero quedaban 7 de verano y al día siguiente me quité la escayola. Tampoco buena idea.
Sigamos con la nieve, que mola más que mi mano estúpida. Dejamos todos los trineos y bártulos en casa y Nur, Bente, Else y yo nos fuimos a un parque que quería enseñarnos. Tienen un campo de una cosa que se llama footgolf (yo tampoco lo había oído en la vida) pero que al parecer es muy popular por allí y que según Wikipedia tiene un origen incierto, aunque parece que existía en los años 20 – 30 en EEUU un deporte similar llamado codeball. Si alguien puede explicárnoslo mejor, sea bienvenido. Pasando el campo de footgolf y de tiro de herradura y cosas de esas tan diversas llegamos a donde quería ella. No sé si lo comenté en mi otro viaje a Noruega, pero creo que sí, allí se fían de todos, no como aquí que como dejes algo despistado un rato puede que no lo veas más. Pues era una zona de barbacoas y eso donde según nos dijo se juntan en primavera y verano todos los que tienen casas por allí y hacen un montón de juegos y todo. Y diréis ¿a qué viene lo de que se fían? Pues a que allí hay de todo lo que quieras: barbacoas portátiles, salsas, mantas, cojines, lo que queráis. Y lo mejor de todo: ¡un puñetero libro de visitas! Nos dijo que escribiésemos algo y Nur me miró con cara de “ya si eso lo escribes tú, ¿no?”.
Volvimos a casa a comer perritos calientes (¿Por qué me estuvieron tan buenos? Sería la nueve, porque ya veis el invento que tiene eso) y jugamos a juegos de mesa. Previamente habíamos recogido la maleta porque a las 17 nos teníamos que ir hacia la estación porque salía nuestro tren de vuelta a Trondheim. Volvimos a hacer dos viajes en el coche, así que Nur y yo nos fuimos primeras para esperar al resto en la estación. No había nadie y era de noche como si fuesen las once de la noche. Y empezó a nevar. Dejamos las cosas dentro de la estación (que básicamente era una habitación con calefacción) y salimos fuera. Tengo dos fotos intentando coger algún copo de nieve, pero parezco lerda, así que no las vais a ver. Pero la capa de nieve empezaba a formarse y las únicas huellas eran las mías y las de Nur. Fue, fantabuloso.
Nos subimos al tren y el pequeñín nos llevó a la estación donde hacíamos transbordo. Maldito frio infernal. Solo diré que el tren que iba de Trondheim a Olso vino cubierto de nieve y hielo. Y allí estábamos, en la calle. No es una estación demasiado bien pensada para un país con esas temperaturas, la verdad. Llegó nuestro tren y nos subimos otra vez en el vagón familiar. Solo decir que la zona de juegos para niños tenía hasta un tubo de esos por el techo para que se metiesen por dentro. Impresionante. Yo aproveché para leer más temas de opos y subrayar, porque el paisaje verse, lo que es verse, no se veía.
Cuatro horas después llegamos a Trondheim y, efectivamente, había nevado. Problema: el autobús que nos dejaba en la puerta no pasaba hasta 20 minutos después y hacia un frio infernal. Así que optamos por otro que nos dejaba más lejos y tuvimos que caminar por un camino entre árboles. Ya el viernes por la mañana habíamos ido por allí y tuvimos que cambiar de idea porque estaba cubierto de hielo, pero el domingo por la noche estaba impresionante. Al haber nieve no resbalaba, pero encima la nieve blanca, sin destrozar, brillaba con la luna que parecía que estaba a punto de aparecer Olaf y cantarnos la canción de Frozen. No, en serio, precioso. Por fin llegamos a casa, cenamos y creo que caímos en la cama como si no hubiésemos dormido en años.
Lunes 12 de diciembre de 2016
El lunes amanecimos con -8ºC, así que Marta dijo que ella se quedaba en casa cuando Nur y yo le dijimos que nos íbamos al centro a comprar algunas cosas. Nosotras, como somos muy cabezotas, nos fuimos. Eso sí, yo con mis botas de pre esquí, lo que sea menos volver a caerme, que no tengo más muñequeras. Así que nos fuimos al mercado de navidad que habían montado en una plaza y allí compramos un arbolito de navidad estilo katiuska con otros muñecos navideños dentro. En la única parada que no aceptaba tarjeta. Así que nos fuimos al centro comercial a sacar dinero. ¿Vosotros encontrabais el cajero? Porque nosotras no. Compramos postales de navidad, pero no vimos el cajero. Le preguntamos a una señora, pero nos mandó donde no era. Así que le pregunté a un chico y nos indicó, pero como somos tontas perdidas, no lo veíamos. Así que nos lo volvimos a encontrar y nos preguntó que si lo habíamos encontrado… y nos acompañó hasta una cola que era bastante visible, la del cajero. Gracias amigo, no solemos ser tan lentas, es por el frio. Volvimos a por nuestro árbol y nos fuimos a dar una vuelta por el centro de Trondheim. Compramos una estrella de papel de las de navidad, que Nur quería traerse una. También compramos galletas de canela y rollos de canela en el supermercado. Al salir, compramos almendras garrapiñadas, que también hay aquí, pero allí les echan canela (¿cuantas veces he dicho canela en 4 líneas?) y aquí el vendedor se rio de/con nosotras por lo siguiente (que voy a traducir porque no tengo ganas de escribir en inglés):
Él: hace frio, ¿no?
Nosotras: sí, sí
Él: pues la semana pasada llegamos a -13ºC, mirad mirad (y nos enseña la piel de la mano que por poco y se le cae la mano entera)
Yo: bueno, en casa estamos a 13, pero por encima de 0.
Él: ¿en casa? ¿De dónde sois?
Nosotras: España
Él: y seguro que con 13 ya estáis con el abrigo “que frio hace” (y se empieza a reír)
Yo: ¡y con la bufanda! (Que digo yo, que, si se tiene que reír que se ría del todo, ya nos reímos nosotros cuando se van rojos en agosto).
Y ya nos fuimos a por el autobús. Pero aún era pronto, así que se nos ocurrió ir a ver la catedral, a ver si se podía visitar. Y llegamos 30 minutos antes de que cerrasen, así que dimos un vistazo rápido por dentro y aun le preguntamos a la mujer de la puerta sobre los órganos y muy amablemente nos dio toda la explicación de la falla y de cómo el órgano nuevo estaba conectado con el viejo y los tubos del fondo porque si no el sonido llegaba con retraso de un lado al otro de la catedral (si os dije que era grande). Al salir intentamos sacar una foto, pero no nos cabía de ninguna de las maneras en la foto, así que tenemos fragmentos de la fachada.

Lo mejor que se pudo hacer con la fachada de la catedral.
Volvimos a casa, comimos y empezamos a organizar la maleta porque el martes pronto teníamos que ir a por el avión, que se nos escapaba. La verdad es que fue un día bastante light, para compensar el fin de semana.
Martes 13 de diciembre de 2016.
Sí amigos, odio volar y mi hermana compró billetes para el martes 13. Que ni te cases ni te embarques. Total, Marta y Salma nos acompañaron a la parada del autobús directo al aeropuerto. Y estábamos un rato ya y allí no nos cobraba nadie. Y Nur y yo mirándonos en plan “déjalo, que si no dicen nada”. Y por cosas como esas es por las que al final la fama nos precede y nadie se fía de nosotros. Pero al final nos cobró a todos, es solo que para no cobrar en cada parada lo hace en la parada ultima antes de salir hacia el aeropuerto. Llegamos allí e hicimos el check in con una máquina, así todo muy moderno, con la azafata mirando al horizonte sin hacer mucho. Que no digo que no trabajen, ojo eh, pero que podría haber echado una mano a más de uno que parecía perdido, también. Facturamos la maleta y nos vamos hacia el control de seguridad. ¿os he dicho ya que era martes 13? Pues yo me había olvidado que llevaba en el bolso dos botellas pequeñas de agua que habíamos comprado en el avión de ida, en las cuales quedaba un dedo de agua en cada botella. Me quito el abrigo, la manta toledana que llevaba por bufanda, la otra chaqueta, las botas, todo. Y adelante. Oh, oh. Me habla en noruego la de seguridad. “Sorry, what?” y Nur “que, si puede abrir tu bolso” “ah, sí, vale”. Digo yo, que primero debería pedírmelo en un idioma que entienda yo, como en inglés, ¿no? Y segundo ¿pueden abrir tus cosas sin que estés delante, aunque le hayas dicho que sí? Lo pregunto porque de verdad no lo sé. De hecho, estaba poniéndome las botas para ir donde estaba ella cuando Nur me dijo “eh, ¡que lo está abriendo ya!”. Que no llevaba nada, pero vamos, curiosidad pura. Entonces me viene con las dos botellas en la mano y me dice súper seria: no puedes pasar con esto (esta vez en inglés y con un tono nada agradable, por cierto) y entonces cogí las dos botellas, me las acabé y le dije “¿y ahora?” asintió y se fue a dar por saco a otra persona. En serio señora mía, un all bran, o un abrazo o algo le hace falta, porque vamos... por dos dedos de agua no hace falta ni ese tono ni ese gesto.
En fin, sigamos adelante. Nos fuimos a comer, porque la comida del aeropuerto es cara, pero la del avión más aún. Así que comimos por ahí y nos fuimos rápidamente a nuestra puerta de embarque y enseguida abrieron y empezamos a embarcar. Yo me comporté muy bien y no dije a nadie que me daba mucho miedo volar. Quizá porque me había tomado un Valium, eso influye. Curiosamente a pesar del Valium, estuve leyendo más temas en el avión. Se ve que ya me daba todo igual. Mientras, Nur se fundió la batería de mi móvil jugando al monopoli. Hasta que se burló de mí en el aeropuerto de Alicante. Aterrizar y despegar me tensa de sobremanera, así que imaginaos la situación. Yo me agarro a mis reposabrazos como si yo misma tuviese que hacer fuerza para frenar el avión, y en este caso también estrujé la mano de Nur. Pues por lo visto (que yo debería saberlo, no será que no he volado) los aviones al aterrizar hacen como dos paradas. Me intento explicar: el tembleque para y parece que han tomado tierra ya cuando en realidad es solo que están muy cerca y es entonces cuando toman tierra y tiembla el aparato infernal este. Pues yo, en este primer falso aterrizaje solté la mano de Nur y dije “uy, mucho más suave que en Trondheim”. No había acabado de decirlo cuando tomó tierra de verdad y puse la mano que acababa de soltar de Nuria en el asiento de delante y me salió del alma un “NOOOP”. Así que con eso Nur tiene risas para regalar. Y eso que yo solo cuento a todo el mundo como el sábado encalló el trineo y voló por los aires hasta estamparse en el suelo… (ups, otra vez). En Alicante recogimos nuestra preciada maleta y nos fuimos fuera a esperar a nuestros queridos padres que habían venido a por nosotras, una vez más. Entre cuando me fui a Londres y esto, han estado más veces en el aeropuerto de Alicante que desde que se construyó.
Adiós montañas heladas, ¡adiós!

¡Hola terreta!
Y amigos, sé que esta entrada es híper mega súper larga, pero no tenía mucho sentido desgranar tanto los últimos días, porque el jugo de la historia era la nieve, la catedral y mi martes 13 en el aire. Espero que os haya gustado o, sino, que por lo menos os haya recordado un poco a algún viaje que hayáis hecho o que queráis hacer o a alguien que esté fuera. Y que os haya sacado una sonrisita.
¡Sed Felices!

viernes, 13 de enero de 2017

¡¡¡Nieve!!!

Improvisadores, estoy aquí dispuesta a acabar de contaros el viaje a Noruega. Tendría que haberlo hecho esta semana, pero mira, tengo mil chorradas en mente.
10 diciembre del 2016
Acabé contándoos que estábamos allí en la cabaña esta tan genial y yo entre acojonada y emocionada. Pues el sábado a las 8 de la mañana ya estaba despierta. En mi defensa diré que todos dijeron que teníamos que aprovechar las horas de luz. Pues bien, yo era la única despierta. Desperté a Nuria que se dio media vuelta y siguió durmiendo. Me asomé por el hueco de la escalera… desierto. Maldita sea. Así que me volví a meter en la cama con el móvil en la mano esperando a que se hiciese de día y a ver si se levantaba alguien. A las 9 ya no podía más y escuché ruido abajo. Freia, la perra de Bente, se había despertado. Me vale. Bajé pitando y me puse un vaso de leche con esas galletas de canela tan deliciosas que nos sacó Bente la noche anterior. No suelo hacer grandes desayunos, así que ahí estaba yo. Esperando a que amaneciesen todos. Pasó casi como otra hora antes de que alguien apareciese. Salma siempre se despierta antes de las 7 de la mañana, pero se ve que por llevar la contraria no lo hizo ese día. Imaginaos, que horas más larguitas para mí. Empezó a aparecer la gente y entonces Bente se escandalizó porque eso no era ni desayuno ni era nada. Y entonces llegó el banquete de los banquetes. No sé qué no sacó pasa desayunar. Dulce, salado, zumos, leche, café, chocolate, pan, lo que quisieras. Para estas alturas ya había amanecido y yo estaba ya que me moría por salir. Pero maldita sea, los noruegos no hacen sobremesa decían… ahí charlando después de desayunar y yo pensando: ¿PODEMOS SALIR A LA NIEVE YA? Bente tenía razón, la nieve saca tu lado más niño, si eso es posible.
Por fin decidieron que era momento de cambiarse para salir. Era el momento de estrenar mi ropa de la nieve, para que veáis lo mucho que voy. Creo que me vine arriba con el abrigo, quizá una térmica, un polar y la chaqueta de la nieva fue demasiado. Pero qué más daba. Y mis botas de pre esquí que les di más uso que nunca, no solo en la nieve. Estamos todos listos y empieza Bente a sacar trineos, de todos los tipos y colores. Y ay, me enamoré. Una tabla que en realidad es como una colchoneta que la coges, corres, saltas y te deslizas. Ay amigos míos, esa fue toda para mí. Así que caminando un poco como patitos torpes por encima del hielo nos fuimos hasta la colina detrás de casa de Bente, para probar los trineos y ver cual nos apañaba e ir practicando. Hay videos, pero son innecesarios. Nur estaba feliz, con su gorro para la nieve que tiene como mil, pero en Valencia (por razones obvias) no los gasta, yo me cansé a los 5 minutos del mío y lo metí en el bolsillo. Mi señora madre dice que ni de bebé aguantaba los gorros, así que eso quiere decir que soy una mujer con convicciones firmes.
Bonito ¿eh?

Después de estar un buen rato en la colina deslizándonos (y vuelta a subir), Bente nos dijo si queríamos ir montaña arriba para luego ir bajando. ¿He dicho ya que había nieve? Pues allí, con los trineos nos fuimos montaña arriba. Bente dijo que fue un kilómetro, pero hacia arriba y hundiéndote cada vez más en la nieve, a todos nos pareció más. Pero ninguno queríamos decir que parasemos, y menos si no lo decía Marta antes (¿He dicho que Marta está embarazada? Pues eso, ahí como una campeona). Cuando ya llegó el momento en que al hundir el pie en la nieve por encima de la rodilla y sacarlo, sacábamos barro, Bente dijo que debajo había un río, que si dábamos la vuelta. SÍ, POR FAVOR. Y entonces lo mejor del día, deslizarte montaña abajo por cada trozo y no salirte del camino y despeñarte. No, en serio, fue genial. No sabéis lo bien que lo pasamos. Bueno, Salma se hartó un poco del trineo después de caerse, así que Marta, Andrés y ella bajaron andando, pero Bente, Nur y yo nos picamos con los trineos. Cuando ya estábamos a la altura de la colina del principio, algo me dio en la rodilla, no sé si era piedra, hielo o qué, pero dolió. Mucho. Os he dicho que yo iba en la colchoneta, así que vas prácticamente tumbada en el suelo bocabajo, la manejas con las piernas (arriba o abajo para la velocidad) y con el cuerpo para girar. Pues bien, ese golpe hizo que me pegase semejante lechazo que el vecino de Bente que estaba entretenido con sus árboles se me quedó mirando un rato. Hasta que pasados un par de minutos me di cuenta y me levanté saludándolo con la mano en plan “Sigo viva, mi dignidad no, pero yo sí”. Bajé donde Bente y Nur me esperaban y nos fuimos hacia casa, que los demás ya llegaban también. 
Esa tarde llegó la otra profesora de Nur, Else, y ya os imagináis, otro tanto de ponerse al día y hablar en noruego. Y entonces Bente dijo que iba a poner los focos para que pudiésemos hacer un muñeco de nieve y una pirámide de bolas. Os voy a poner la foto que es más bonito que explicarlo. 
bolas de nieve en pirámide y dentro, una vela. 
Aquí nuestro tétrico muñeco de nieve antes de que le diese un mal y se le cayese media cara. Nunca volvió a ser el mismo. 
Solo diré que los muñecos de nieve dan más trabajo del que parece. Y que fue entonces y solo entonces cuando me resbalé con el hielo por primera vez cayendo sobre la pierna derecha para no partirme la crisma y la espalda contra una valla de madera. Y fue ahí, y solo ahí, cuando me hice el esguince en la mano derecha. Nur dijo que si me caía se iba a reír. No lo hizo, imaginaos la leche que me di. Pero bueno, esa mañana nos habíamos caído con el trineo y ella llevaba un moratón en la pierna que sobresalía tanto que parecía que quería escaparse.
Esa noche cenamos burritos y nos dimos cuenta de que algunos noruegos también se lían entre nosotros y los mexicanos, pero no pasa nada, nos reímos un rato. Y no, no comemos especialmente picante. Aunque hay a quien le gusta… locos hay en todas partes. No sabéis lo bien que dormimos esa noche. Estábamos muertos de cansancio. Y yo tenía unas agujetas en los brazos de la colchoneta que estuve tentada de dormir con la térmica y el polar solo por no tener que quitármelos.
¡No os vayáis muy lejos que aún quedan muchos días!

¡Sed Felices!

lunes, 9 de enero de 2017

Y nos fuimos de fin de semana por Noruega

Improvisadores, ¿Qué os pareció el primer día de nuestro viaje a Noruega? Espero que os gustase, pero ahora llega lo mejor del viaje.
Viernes 9 de diciembre del 2016
Por la mañana nos despertamos y después de desayunar, vestirnos las tres y de que Marta vistiese a Salma (también conocida como la hija de Marta y Andrés), nos fuimos a por el autobús. Me encanta ir en autobús porque puedes ir viéndolo todo, con el metro no. Eso y que allí no hay metro. Total, nos fuimos a un restaurante que esté en una torre – mirador y al que puedes subir sin tener que ir al restaurante, así que es un mirador gratis y calentito. Desde allí vimos el fiordo, el centro de Trondheim que resulta más pequeño de lo que pensaba y lo enorme que es el resto de la ciudad.
Una minúscula parte de Trondheim desde el mirador. 
En realidad, ir al mirador era la excusa para hacer tiempo hasta la hora de comer y salir corriendo a por el autobús, en el transbordo se nos unió Andrés y ya repartimos las dos maletas, el trineo y la niña entre los cuatro y seguimos de camino a la estación de tren. ¿Qué dónde vamos? Pues los descubriréis después de cuatro horas de tren (si no lo habéis visto ya en Instagram o Facebook). Los trenes allí son otra historia. Estábamos en el vagón familiar y allí tienen una zona de juegos para los niños, con mesas, libros y así un sitio donde pueden jugar y hacer el canelo. Pero encima como llevan tanta ropa, todos los padres les quitan capas de ropa y van todos en body por ahí, pero está el tren limpio que da gusto verlo. De hecho, los adultos también se descalzan. Conforme nos íbamos alejando de Trondheim vimos (y nos costó, porque ya era de noche a las 14.30 así que solo lo veíamos en las estaciones) que iba aumentando el nivel de nieve. No os riais, pero yo no había visto nevar nunca. Sí la nieve, pero no nevar. Así que estaba extasiada, y eso que no nevaba aún. A las 19.30 por fin, después de un transbordo en una estación resbaladiza por el hielo, a Bjorli. Es un pueblo (creo, que igual no) donde hay una pista de esquí. Y diréis: mira estos que poderío tienen que se van a esquiar a Noruega. ERROR. En la estación nos esperaba Bente, que fue la profesora de Nur cuando estuvo de erasmus allí. Es encantadora, hasta el punto de acogernos a todos en su preciosa y cuca cabaña de madera en la montaña. No, en serio, una cabaña de postal de Navidad, de abuelo de Heidi, de anuncio de caramelos de los Alpes, donde vivía la familia tirolesa del juego de las 7 familias (que por cierto recientemente he descubierto que no es tan conocido como yo pensaba). Y encima entrabas dentro y era para morirse, solo te apetecía una taza de chocolate caliente y sentarte a ver la nieve.
Os lo he dicho, ¿no? In love.  
El caso, no cabíamos todos en el coche, así que Nur y yo nos esperamos en la estación de tren mientras Bente hacía el primer viaje. Y había nieve, mucha nieve. Y hielo, de hecho, hay un video en el que intento acercarme a la montaña de nieve para hacerme una foto y hay hielo en el suelo y Nur, siempre con buena intención me grabó porque pensaba que me caería. Pero NO. 
Bente volvió a por nosotras y nos fuimos a su casa. Y me enamoré. De la casa digo. Cenamos espaguetis, porque Bente no sabía qué comíamos y qué no, y estuvimos un buen rato hablando. Tenían que ponerse al día. No sabéis el inglés que practicamos ese fin de semana. Nur y yo dormíamos arriba, que el único problema es que no sabían por qué, la calefacción no subía. Era un añadido nuevo y no sabían por qué. Pero no pasa nada, porque esos edredones nórdicos son… vamos, que se merecen llamarse nórdicos porque cumplen su función a la perfección.
Iba a contaros así de golpe todo el fin de semana de la nieve, pero creo que va a ser mejor dejarlo aquí, que si pongo mucho trozo os da pereza (y a mí también). Pero quiero que de deberes para casa tengáis en mente que a mí la nieve no me gusta, supongo que porque cuando era pequeña me obligaban a esquiar y no me gusta. Así que para mí nieve y esquiar van juntos. Así que yo estaba emocionada por aprovechar el día siguiente, pero a la vez un pelín agobiada por si tocaba esquiar o algo así. Eso, como avance del próximo capítulo.
Espero que hoy no se os haga cuesta arriba la vuelta a trabajar después de la Navidad (sí, ya sé que hay gente que solo libró los festivos, pero yo sigo hablando en función del curso escolar), y que contaros mis vacaciones no lo empeore.

¡Sed Felices! 

domingo, 8 de enero de 2017

Viaje improvisado a Noruega

Improvisadores, ¿Cómo ha ido la Navidad? ¿Y el principio del 2017? Espero que bien. Vengo a celebrar que hace un mes que me fui a Noruega. Y vosotros diréis: Pues para no gustarte volar no paras monina. Y tenéis razón, pero era una oportunidad de oro que se resume en: un billete comprado que se iba a desperdiciar, “¿Te vienes a Noruega?”. ¿Quién en su sano juicio iba a decir que no? Y me llevé mis apuntes y todo eh, no os penséis que soy una irresponsable.
Pero dejadme que empiece por el principio.
 Jueves 8 de diciembre del 2016
Nur y su amiga habían comprado los billetes para salir desde Alicante a las 7 de la mañana, no era mala idea, de no ser porque la amiga era la que vivía cerca de alicante y donde Nur iba a dormir el día anterior. Como odio volar, pero no quería tener que tomarme nada, opté por no dormir la noche anterior. Teníamos que salir de Valencia a eso de las 3 de la mañana, así que, en lugar de irme a la cama, me tumbé en el sofá a ver Los pitufos (no que yo lo eligiese, que es lo que estaban echando), y me dormí una hora y media y mal dormidas. En el coche de camino a Alicante puede que me durmiese, pero tampoco os penséis que fue lo más. Llegamos al aeropuerto, facturamos el maletón, pasamos el control de seguridad después de despedirnos de nuestros santos padres que nos habían llevado en coche y nos fuimos a la puerta de embarque. Una vez aposentadas en nuestros asientos en el avión y del maldito despegue, tardamos poco en dormirnos. Pero encima tampoco dormí del tirón (son 4.30h de viaje), porque el avión se mueve, vaya si se mueve. Hubo un momento de turbulencias que Nur pensó que yo estaba durmiendo, pero lo que pasa es que preferí no abrir los ojos. Al final acabé viendo Big Bang Theory y Friends que lo pusieron en las pantallas del avión. Hasta que por fin aterrizamos en Trondheim a las 11 de la mañana. No sin antes darme un maldito susto de muerte, porque estábamos atravesando la nube para bajar hacia la pista y resulta que había niebla, que yo no lo sabía, así que cuando se acabó la nube estábamos ya prácticamente tocando el suelo y casi me da un mini infarto. 
Aquí el amanecer desde el avión. 
Recogimos la maleta que salió de las primerísimas y nos fuimos a por el autobús para la ciudad. Allí nos encontramos con otros españoles que bajaban en la misma parada que nosotras, así que lo de no saber pronunciar las paradas no fue un problema. Allí nos encontramos con Marta (también conocida como la amiga a la que iban a visitar en primer lugar) que nos dio una vueltecita por el centro aprovechando que hacia sol. Pero no tardó mucho en empezar a chispear, así que nos fuimos hacia su casa (que a todo esto nosotras íbamos con el maletón y las mochilas a cuestas).
Las casas encima del río en Trondheim (que en realidad el centro queda como una isla entre el río y el fiordo).

¡Oh blanca (ya veréis) Navidad!

La catedral no entra en una foto, ya lo siento. 
 Fue llegar a casa de Marta y entrarme un sueño… no sabéis cuánto. Encima allí a las 14.30 se hacía de noche, imaginaos. Sobre las 3 o 4, no sé, fuimos a por su hija a la guardería y luego comimos. Y entonces sí que podían olvidarse de mí. De hecho, me quedé dormida en el sofá con ellas hablando y la niña jugando por ahí. Pero vamos, que yo desaparecí y me desperté cuando llegó Andrés (también conocido como el marido de Marta). La tarde se me hizo larga, a pesar de estar durmiendo. Que se haga de noche a las 14.30 te da ganas de cenar y acostarte a las 6 de la tarde. Y más con el sueño que yo tenía. No cenamos muy tarde, y nos fuimos a dormir pronto, que no sabéis las ganas con las que pillé yo ese sofá cama. Gloria bendita amigos míos, gloria bendita.
Las vistas desde casa antes de que mi yo desapareciese. 
Pero bueno, sobreviví al avión sin necesidad de pastillas, sobreviví al aterrizaje, a la sorpresa de que no hiciese mucho frio al bajar, y a la tarde más larga de la historia. ¡No os vayáis que esto sigue mañana!
¡Sed Felices!

lunes, 12 de diciembre de 2016

Bye bye

Improvisadores, vengo a clausurar el blog… porque sé que no os doy la calidad que debería y me satura.
Es broma, lo que sí vengo a clausurar es ¡el viaje a Londres!
Sábado 12 de noviembre de 2016
Ahora sí que sí, un día típicamente inglés, con su lluvia esa que parece que no, pero te mojas. Así que Elena y yo nos levantamos y para compensar el desayuno inglés del viernes nos hicimos un desayuno mediterráneo así con nuestras tostadas y galletas y embutido… todo muy delicioso. Y llega el momento de salir a la calle para ir a por el tren y encontrarnos con Anna, Paula y Laura. Ah... salir a la calle. Yo tengo la teoría de que aquellas personas que vivimos en ciudades donde no vemos la lluvia más que cuatro días al año tenemos un problema: no sabemos gastar los paraguas. No os riais, va en serio. En mi defensa diré que caía una buena buena, pero Elena iba seca y yo me empapé las piernas (a pesar de llevar el paraguas). Así que bueno, todo muy fresquito. Y llegamos a la cola del Museo de Historia Natural, porque ¿Dónde vas con la lluvia? Pues al museo más inmenso que he visto. Y la cola que había para entrar… pero ¡por fin las cinco juntas! Después de 10 meses, que se dice rápido.
El museo...empecé a tope, porque empezamos por la evolución de la humanidad y eso me encanta, pero fui perdiendo energía. Eso y que hay mil cositas y botones para tocas, rollo interactivo, pero parece ser que está mal visto no dejar primero a los niños. Ejem… Podríamos habernos pasado allí tres días seguidos, es inmenso. Y lo vimos en una mañana muy por encima, como así una lectura rápida.
Y tocaba comer, porque no habíamos almorzado y eso no está bien. Así que nos fuimos aprovechando que había dejado de llover para llegar a un Nandos. ¿Habéis estado? Deberíais, pero ojo con la salsa que pedís que les gusta el picante. Como ejemplo: el brownie llevaba chili. No digáis que no os he avisado. Estando en Nandos vino a tomar el café Maria “la griega” que para los que no la conozcáis es una alumna que tuvo mi madre de erasmus y con la que quedamos varias veces mi hermana y yo. Y es encantadora y un amor y vino hasta allí solo para tomarse un café conmigo. Si es que se hace querer.
De allí subimos a un autobús de estos tan ingleses de dos pisos (pero no el autobús noctambulo. Momento friki) y nos fuimos a ver si la Reina nos invitaba a merendar, pero no se dio el caso. Tendríamos que haber llamado insistentemente al timbre, igual así… de nos fuimos dando una vuelta hasta el Parlamento y el Big Ben para hacernos fotos las cinco juntas y hacer tiempo antes de irnos todas a casa de Elena. Y entonces montarnos la cena de cumpleaños de Elena y Anna porque, a todo esto, era la excusa para ir de viaje. Así que allí estuvimos nosotras, la comida, el vino, el dulce y vamos, una noche de pijamas completa. Sobre todo, porque estábamos todas nosotras.
Domingo 13 de noviembre del 2016
El domingo fue un día light, pero no por ello no la lie. Después de hacer el vago, dimos una vuelta por el barrio de Elena y después Anna, Laura, Paula y yo nos fuimos hasta la estación de Victoria. Y yo estaba encaprichada que no me iba sin tomarme una pinta, porque ¿Qué viaje es ese? Así que comimos las cuatro nuestra hamburguesa con su correspondiente pinta. Pero atentos ahora, porque ni yo sé qué pasó con los trenes ni como la lie tanto (la pinta no tuvo nada que ver). Había un tres que iba directito y costaba 8 libras. Pero no estaba en la pantalla para comprarlo, así que compré otro hasta Gatwich por 15 libras, mientras llegue… cruzo la barrera y la chica me para, que no puedo subir porque ya se va el tren. Y luego me dice: ¡pero corre! Y luego: no, ya no. Señora, no quiere usted verme enfadada. A todo esto, yo llevaba mi mochila/maleta y mi bolso, para que me imaginéis mejor. Así que miro otra pantalla y había otro que iba a Gatwich, ¡arriba! Me subo al tren, me aposento y se va llenando. Gente con maletas en los pasillos y todo. Entonces por megafonía “tren exprés a Gatwick”. Perdóname, ¿Qué? Vale, no es mi tren. Bueno, no puedo ir en ese tren, porque ese cuesta un dineral que no he pagado. Así que me levanto y me dirijo a la izquierda y me corta el paso un chino. Fue tal que así:
Él: ¿Exit?
Yo: yes, please.
Y se gira, ve que detrás de él no hay nadie y me señala al otro lado. Así que por no discutir ahí me veis a mi saltando obstáculos y sorteando personas al ritmo de “sorry, sorry, thanks, thanks, sorry” en el pasillo y saliendo por la puerta al tiempo que pitaba la señal de que cerraban las puertas. Vamos, que discreta no fui. Y allí me encontraba yo, desesperada porque no entiendo porque no está mejor organizado el sistema de ferrocarril. Tienen el ferrocarril más antiguo, pero no el mejor organizado. Así que me acerqué a un trabajador de allí y le dije: quiero ir a Gatwick con este billete, estaba en el exprés y me he bajado porque no era el mío (ahí en plan: para que veas que soy honrada. Que visto ahora me quedó un poco como al gitano honrado de la estación de RENFE), ¿me puedes ayudar? Y me acompañó hasta otro tren y me dice: este te lleva a Gatwick, pero son 10 paradas. Y yo: ¿pero me vale ese billete? Pues perfecto. Así que allí me senté y vi media Inglaterra desde el tren.
El resto ya es fácil, pasar el control de seguridad sin problemas, llegar hasta la puerta de embarque y no morir de un ataque de pánico. Cosas simples, del día a día. Y luego la volví a liar con los asientos en el avión, porque así soy yo. Pero no fue culpa mía del todo. Dejad que me explique. Yo estaba sentada en el pasillo en la fila 20, que es en donde más ruido hacen los motores, pero mira, me resigno. Entonces en la fila 21 se sientan dos señoras que le preguntan al hombre que iba a su lado que si le cambia el sitio por su amiga que está en la fila 7. Problema: la señora de la 7 estaba en el centro y el señor de la 21 quería pasillo porque era alto de narices. Así que yo, como buena samaritana, me giré rauda y veloz y les dije: yo también viajo sola, no me importa cambiarme. Así que el señor a mi asiento en el pasillo, las tres amigas juntas y yo en la fila 7 como una reina.
Y con esto voy a dar por concluido un viaje que acabó con mi aterrizaje en alicante media hora antes (sí, como leéis), cenando en una estación de servicio un bocadillo que hizo mi padre que era gloria y durmiendo el resto del camino hasta llegar a mi casa. Vamos, una gozada de vuelta a casa.
Y con esto y un bizcocho… hasta cuando vuelva de Noruega. ¡Sorpresa! Ahora mismo estoy en Noruega con mi hermana pasando unos días, así que no os vayáis muy lejos que volveré por el blog más pronto que tarde.

¡Sed felices!

domingo, 11 de diciembre de 2016

Londres es enorme y lo pateamos de punta a punta

Improvisadores, ¿Qué os pareció el primer día por tierras inglesas? Muy completito, ¿verdad? Pues agarraos que aún queda más.
Viernes 11 de noviembre de 2016
No os creáis que fue fácil levantarse de la cama, los nórdicos son peligrosos… puedes generar síndrome de Estocolmo. Pero lo conseguí, nos levantamos de la cama y nos vestimos para el maravilloso día de sol. Sí, como lo leéis, SOL. Nos fuimos a una cafetería / bar que conoce Elena a meternos entre pecho y espalda un señor desayuno inglés. Como experiencia no está mal… pero quizá tal golpe al estómago de buena mañana no es recomendable a no ser que estés muy muy acostumbrado. Menos mal que hasta las cuatro no comimos.
Cogimos el tren, esta vez sin perdernos, y os fuimos a Kings Cross porque quería ir a ver el andén 9 ¾ de Harry Potter. Así, tal cual. Pero no me hice la foto porque había muchísima cola, habrá que volver. Pero ay, una cosa que puedo tachar de la lista. De allí nos fuimos andandito hasta Candem, un barrio que está a reventar de tiendas, algunas un poco raras. Pero también tienen sitios donde comer (obviamente ni se nos ocurrió, aun no habíamos digerido el desayuno) y allí en un puestecito compré pendientes porque se podían comprar sueltos y no el par entero, y aquí la que escribe tiene 5 pendientes, así que le gusta la variedad. Volviendo a Candem era inevitable que saliese el tema de Amy Winehouse y la de camisetas con su cara, acordaos de esto.
De Candem nos fuimos andandido otra vez hasta el British Museum. Estaba Londres llenito hasta la bandera de escoceses. No es que les preguntase, es que iban con el Kilt puesto. Pero lleno. Creo que coincidía un partido Inglaterra – Escocia con la conmemoración que hacen allí a los veteranos, y así aprendes que el Kilt combina tanto con el uniforme militar como con la camiseta de futbol. Una prenda muy práctica oye. Me desvío… ¿por dónde iba? ¡Ah sí!, el British Museum. Obviamente cuando llegamos al museo ya ni nos sentíamos los pies (buscad en google maps las distancias anda), así que antes de entrar nos metimos en el Starbucks enfrente del museo, aunque fuese para que los pies no tocasen el suelo y poder sentarnos cinco minutitos. Y luego entramos al British Museum.
¿Por dónde empiezo con él? Lo vimos rápido, tanto que no creo que viésemos ni la mitad de las cosas que podíamos ver. Pero es genial. Impresionante. Y GRATIS. A ver si aprendemos en este país, la gente sí va a los museos igual que va al cine en la fiesta del cine. Nos gusta la cultura, no nos gusta sacarnos un riñón en la taquilla para ver esa cultura. Me he vuelto a desviar del tema, lo siento. Si vais a Londres tenéis que ir al British Museum. El Museo de Historia Natural es impresionante, no lo voy a negar, pero personalmente a mí por mis gustos o por deformación profesional me encantó el British Museum. Otro sitio al que volver con tranquilidad la próxima vez que vaya por Londres.
Salimos del British Museum y nos fuimos andandito (nos gusta andar, ¿vale?) hasta la catedral de Saint Paul. No entramos porque aquí sí hay que pagar, aunque es una lástima porque hasta donde pudimos entrar parecía preciosa (dios, tengo que volver a todos los sitios a los que ya he ido), pero simplemente por fuera vale la pena verla. También es verdad que no entramos porque si entrabamos era para estar un buen rato, y se acercaba la hora de ir a recoger a Anna que estaba trabajando. Ver Londres en dos ratitos no es posible si te paras a verlo todo, fue un resumen de Londres porque yo no había ido nunca y el resto sí.
De allí nos fuimos a por Anna y a comer, que ya eran las cuatro y después de tanto pasear no os digo yo donde estaba ya el desayuno inglés. Lo único malo es que entramos a las 15.30 al restaurante siendo de día y salimos después de comer y parecía que eran las once de la noche. ¿Dónde se ha ido el sol? Así que de allí fuimos al metro, pero no sabéis el horror que es el metro de Londres. Muy bien que pasa cada 2 minutos y todo muy eficaz. Pero no sabéis la de gente que va dentro, ¿o debería decir sardinas? Dejamos pasar lo menos tres metros porque físicamente no cabíamos. Tendríamos que haber fusionado nuestros cuerpos con los cuerpos que ya estaban apretados ahí dentro para poder entrar. Una locura. A mí que en Valencia por no ir agobiada en el metro voy andandito o en autobús, que no me gusta estar espachurrada entre la gente si no hay una mascletà o un castillo de fuegos artificiales de por medio. Vuelvo a encauzar esto: subimos al metro y nos fuimos al centro comercial más grande de Europa. Acabo de decir mi pasión por las multitudes, ¿no? Pues toma dos tazas. Y, por cierto, ya es Navidad en Londres. Llevan otro calendario diferente al nuestro y eso. Ese sitio es enorme. Yo creo que como si juntases todos los centros comerciales de Valencia, y puede que aun te falte algo. Inmenso. Monumental. Colosal. Vamos, que es muy grande. Dimos una vuelta por allí, escudriñamos (según mi padre y la RAE es así) las tiendas que nos vinieron en gana y cuando nos cansamos (y Elena y Anna disfrutaron de las muestras de prezel gratis) nos fuimos al metro para volver a casa.
Como fuimos bastante justas de tiempo cuando bajamos del tren como para pasar por el súper, entramos corriendo (casi literalmente) a por dos pizzas al tesco exprés y corriendo a la parada del autobús antes de que pasase. Por fin en casa. Qué gustito da quitarse los zapatos después de aplanar las calles de medio Londres, ¿eh? Y encima hay pizza y vino, si es que no me puedo quejar de mi anfitriona. Y antes de dormir, Elena me puso el documental de Amy Winehouse. Y digo me puso porque ella se durmió al principio y se despertó para el trágico desenlace).
Dos días en Londres y seguimos contando.

¡Sed Felices!

sábado, 10 de diciembre de 2016

Llegar a Londres no es fácil.

Improvisadores, llevo un tiempo de no parar, así que os estaréis preguntando dónde está la entrada sobre el viaje a Londres que hice con las Señoras. Pues tranquilos, ya llegó. Justo para conmemorar el mes aniversario de tan fantástica quedada. Como algunos sabréis y otros no, estamos repartidas por el mundo al más puro estilo “Tu a Londres y yo a California”. Pero nosotras estamos dos en Londres, dos en Barcelona y yo guardando el fuerte en la terreta, en Valencia. Anna y Elena cumplen años en noviembre las dos, y como las dos están en Londres… ¿qué mejor excusa para ir? Así que mochila al hombro y allá que vamos.
Jueves 10 de noviembre del 2016
Suena el despertador a las 7 de la mañana, porque no me gustaba el horario del aeropuerto de Valencia y me toca ir a Alicante. Desayunó con mi madre y Nur y a las 7.45 salimos de casa. Gracias por llevarme en coche hasta allí. Pero ojo, que tardamos como mil años (año arriba, año abajo) en salir de Valencia, porque a esas horas… vosotros diréis.
Mi avión salía a las 10.45 y a las 10 aparcábamos en el aeropuerto. Y a mí con lo que me gusta volar, tranquila no estaba. Entramos y mínimo 10 minutos de cola en el control de seguridad. Pero… pero... ¡¿Por qué?! Paso el control sin ningún problema (por primera vez en la historia) y cruzo cual alma que lleva el diablo el Dutyfree. Salgo y estoy al principio de las puertas de embarque C, y yo tenía que llegar a la B33. A caminar se ha dicho. Y entonces se oye por megafonía “Ultima llamada para los pasajeros del vuelo ryanair Stansted, Londres, con salida a las 10.45”. Piernas para qué os quiero. Corría con tanta prisa que se me cayó la bufanda y no me di cuenta de que un pobre hombre inglés me perseguía con ella en la mano hasta que otro me paró para decírmelo. Gracias buen gentleman.
Bueno, los que me conocéis sabéis que odio volar. Es superior a mí. Pero me gusta viajas, así de contradictoria soy. Normalmente me tomo algo para tranquilizarme antes de pasar el control de seguridad, pero esta vez no. No me preguntéis, serían las prisas. El caso es que en el túnel para embarcar ya empezaron a temblarme las manos, se me aceleró el pulso y quería llorar. Es irracional, lo sé, no me juzguéis, no puedo evitarlo. Llega al punto de que mi cabeza piensa: date la vuelta y vuelve a casa, no tienes que subir ahí. Y ahí estaba yo, pensando “Pon buena cara”, porque si a mí no me habla nadie, yo subo al avión aguantándome el corazón, me siento, amarro bien el cinturón, respiro hondo y tarde o temprano vuelvo a aterrizar. Pero aparentemente no voy para actriz porque fue entrar en el avión y la azafata me dijo “¿estás bien?”. Y claro… si es tan obvio y me toca abrir la boca, pues no. Así que le dije que no y que estaba acojonada perdida (pero todo en inglés y más formal) y la mujer me dice, vale vamos a ver (sí, toma marrón pobre mujer) y detrás de ella un azafato sacado de un catálogo que me dice “me puedo sentar contigo si quieres” y yo ahí que ya no podía ni controlar las lágrimas esas de pánico que no se pueden disimular, me reí. Pensaba que estaba de broma. Y me dice “no, en serio, puedo”. Y os juro que dije que no porque era montar más espectáculo del que ya estaba montando. Pero la azafata lo mandó conmigo. Problema: madre e hijo en mi fila (de hecho, en mi asiento) y claro, no vas a mover a todo el avión para encontrar sitio. Le dije que estaba bien y que no se preocupase. Y se fue, pero volvió durante el vuelo a ver cómo estaba, lo prometido es deuda.
La madre y el niño, los acompañantes perfectos. Ella hasta me dio la mano al despegar y al aterrizar y yo no se lo pedí. Y al aterrizar me dijo dónde ir y todo. Solo sé que su hijo se llama Taylor, así que si lo lee alguna vez: MUCHAS GRACIAS. El vuelo por otra parte… se me hizo eterno. Y eso que me puse música y todo, pero me aburría de todas y cada una de mis canciones.
Aterricé en Stansted a las 12.30 y me fui pitando (previo paso por el control de pasaportes, otra vez sin problemas) a por el autobús a Victoria. Obviamente no lo encontré a la primera, porque no sería yo. Salí a la calle, no hay autobús; pregunto a unas azafatas que estaban fumando fuera, al piso de abajo; bajo, no hay autobús, hay tren (¿pero qué…?); pregunto a la empleada del tren, es arriba, entre la calle y esta planta; cagoendiez. Por fin me siento en el autobús y una chica se sienta en el asiento de delante y tira su asiento hacia atrás, debo ser invisible. Como tenía 1.45h de viaje aproveché para comer (gracias mamá por ese bocata) y medio dormirme. Una vez en Victoria, me encontré con Elena y Anna (que lo nuestro nos costó también, no os creáis…) y pusimos rumbo a la visita exprés de Londres. Cuatro horas después habíamos visto el Big Ben, Parlamento, London Eye, Websminster, Oxford, Picadilly, China Town y aun nos dio tiempo a pasar por Tesco a pos palomitas de tofe (¿Quién tuvo esa gran idea?) y por las tiendas en Oxford. Solo deciros que esa tarde hicimos 10km.
Sobre las 19 – 19.30 Elena y yo estábamos en la estación de Victoria para irnos a su casa… y la liamos con los trenes. Por un cambio inesperado de andén nos equivocamos de tren y acabamos en uno viejo que no parecía parar. Acabamos bajando en una parada que Elena conocía, total solo tardamos una hora en hacerlo que cuesta 15 minutos.
Pasamos por el súper y de camino a su casa fui viendo lo cuqui que es su barrio. Más tranquilo que Londres y con casitas muy de película. En su casa conocí a sus compañeros de piso y después de mucha cena y otro tanto vino, nos fuimos a la cama. Más que merecido. ¿No creéis?
De momento aquí dejo las anécdotas, pero tengo 3 días más para ilustraros. Así que no os vayáis muy lejos.
¡Sed felices!